Llevas toda la vida dando por hecho que el suelo está bajo tus pies. Caminamos por la vida confiando ciegamente en que las cosas caen en una única dirección posible, y que los techos sirven solamente para cubrirnos. Hasta que te cruzas con la obra de Cinta Vidal. Esta creadora nacida en Barcelona coge todas esas certezas físicas, las mete en una coctelera y te las sirve del revés, demostrando un don extraño (y envidiable) para hackear nuestra percepción espacial armándose tan solo con un pincel y mucha madera.
Su pintura es una bofetada brillante a la lógica arquitectónica. Cinta crea espacios domésticos en los que la fuerza de la gravedad ha dejado de ser una ley inmutable para convertirse en una simple sugerencia. En su universo visual el concepto de arriba y abajo pierde todo su significado. La arquitectura se pliega sobre sí misma obligando a los elementos a convivir en planos imposibles. El mobiliario y las personas conviven en el mismo plano sin ponerse de acuerdo en qué dirección cae el mundo. Es una rotura total de las reglas que, contra todo pronóstico, se siente abrumadoramente cotidiana.
La arquitectura del aislamiento compartido
Su pasado en la escenografía lo explica casi todo. Cinta empezó a pintar telones gigantes con solo dieciséis años, aprendiendo a jugar con el claroscuro y la perspectiva a una escala masiva. Y eso se nota. Sus composiciones funcionan como apartamentos fragmentados que te exigen romper tu postura habitual. De hecho, sus pinturas no tienen una única orientación correcta, están concebidas para que las gires, descubriendo que cada sección sigue su propio orden lógico. En una misma escena puedes encontrar a alguien descansando suspendido en una pared mientras otra persona lee tranquilamente a escasos centímetros, ignorando por completo el abismo físico que los separa.
Pero lo que realmente te atrapa de estas arquitecturas imposibles no es el puro virtuosismo visual. Es el mensaje que late justo debajo de esa pintura acrílica. Lejos de quedarse en un simple truco estético, Cinta utiliza estas perspectivas invertidas para poner sobre la mesa algo mucho más denso, la distancia emocional. Te pone frente a un espejo para mostrarte cómo dos personas pueden compartir el mismo metro cuadrado, respirar el mismo aire y, sin embargo, habitar universos psicológicos que no se tocan jamás.
El mapa de nuestras distancias invisibles
Es un retrato incómodo y preciso de cómo vivimos hoy. Puedes estar sentado a un palmo de tu pareja en el sofá del salón y sentir que una fuerza invisible tira de vosotros en direcciones contrarias. Las figuras que habitan los lienzos de Cinta leen, comen o simplemente miran por ventanas que se abren a ciudades distintas. Conviven en una proximidad física absoluta, pero están separadas por abismos de incomunicación silenciosa.
Todos hemos ocupado una de esas habitaciones alguna vez. Esa sensación de aislamiento sosegado, en la que cada uno transita por su propia órbita, es una estampa calcada de nuestra rutina. Cinta ha conseguido algo difícil de narrar y más difícil aún de pintar, hacer visible esa desconexión que todos reconocemos pero que nadie sabe dónde colocar.
Puede que la pregunta que deja flotando sea la más interesante de todas. ¿Cuántos mundos paralelos caben en la misma casa?



















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