Se acaba de ir. Akira Toriyama ha iniciado su viaje hacia la eternidad, dejándonos un legado creativo fabuloso (en todos los sentidos) que le convierte, sin duda alguna, en uno de los principales constructores del imaginario colectivo de toda una generación. La mía. La que creció con Arale, con Goku. La que colecciona bolas de dragón y se las enseña a sus hijos como si fueran el más preciado de los tesoros. Goku es religión. Arale es ley. Toriyama, un mito. Un genio que, probablemente ahora, recibirá el reconocimiento merecido a la altura del impacto de su obra.
Y no te contaré su historia. No te contaré de dónde viene, cómo aterrizó en el Manga o por qué acabó dando forma a algunos de los personajes más icónicos de la cultura popular. No hace falta. Está en todas partes. Hoy déjame que, por una vez, sólo me siente a tu lado y vuelva a pasear, tranquilamente, a través de sus ilustraciones, de su arte. Que volvamos a volar al lado de Goku y Bulma o a correr como locos cruzando la «Vila del Pingüí» mientras cantamos ese «sóc un robot, que a la lluna va» con el que se despedía, capítulo a capítulo, el más brillante de los inventos del magnífico Doctor Slump.
Qué rápido pasa esto.






















































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