A veces la velocidad no está en lo que se mueve, sino en lo que se recuerda. En un destello. En el rugido que resuena cuando ya todo está en silencio. Así es Trackdays, una de las últimas series de Moreno Sudaro, que – después de aquella bellísima serie que tú y yo compartimos en Phusions hace unas semanas – vuelve para desarmarte con su capacidad para congelar instantes que no parecen tomados, sino rescatados de algún rincón de la memoria.
Trackdays no es una serie sobre coches. Es una serie sobre el tiempo. Sobre el eco de una infancia pasada entre circuitos belgas, entre ruido de motores y tardes eternas. Y, lo reconozco, me encanta. Aquí no hay espectáculo, ni dramatismo. Hay atmósfera. Y contemplación. Hay momentos que parecen sencillos – alguien sentado en el borde de la pista, un casco reposando bajo el sol, la espera antes de la curva – pero que, al verlos bien, contienen algo mucho más grande: el recuerdo de un mundo que se vive rápido, pero se recuerda lento.
Sudaro dispara desde el afecto. Desde la emoción. Sus imágenes no – sólo – documentan, evocan. Cada fotografía es una pausa. Un suspiro. Una de esas escenas que te devuelven sensaciones que pensabas olvidadas: el olor a gasolina, la vibración bajo los pies, el calor metálico del verano filtrado por el asfalto. Son imágenes donde el tiempo no corre, sino que se condensa.
Y lo mejor es que no necesitas haber estado allí para entenderlo. Basta con haber sentido alguna vez ese vértigo de mirar atrás y encontrarte contigo mismo, en pequeño, observando el mundo desde el otro lado de la valla.
Lo dijo él mismo: “Intenté capturar escenas con un toque de nostalgia, momentos que me devuelven a mi infancia.” Y vaya si lo consigue…





























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