Una letra. Una ciudad. Un cartel. Una idea que no caduca. Así funciona el universo visual de Paul Thurlby: un lugar donde la nostalgia se escribe en mayúsculas y los colores planos no son sinónimo de simpleza, sino de memoria. No es retro, es presente con memoria. Porque Paul no imita el pasado, lo recuerda (y homenajea) con una sonrisa en la cara y un lápiz en la mano.
Desde que publicó Alphabet —esa maravilla editorial que transformó el alfabeto en arte— Thurlby no ha parado de hacer lo que mejor sabe: convertir lo cotidiano en icono, lo gráfico en relato, y lo editorial en experiencia. Sus ilustraciones suenan a jazz, huelen a imprenta y parecen salidas de una película de los años cincuenta con paleta Pantone. Pero tienen (juego) wifi. Y eso lo cambia todo.
Su estilo es inconfundible: bloques de color, composiciones atrevidas, líneas que no gritan y un sentido del humor que nunca se pasa de listo. No hay ironía forzada ni guiños de manual. Lo que hay es talento. Y oficio. Lo que hay, por encima de todo, es una capacidad envidiable para filtrar referencias del pasado con un tamiz muy personal, muy presente, muy Paul.
Quizás por eso sus carteles parecen declaraciones de amor a tiempos que tú y yo recordamos bien. O por eso sus colaboraciones con The New Yorker o Vespa tienen ese algo que las hace únicas: no ilustran un concepto, lo elevan. Lo visten con elegancia, lo hacen caminar recto, y lo dejan ahí, brillando, como si siempre hubiera estado en ese lugar.
Y es que Paul Thurlby no dibuja para emocionar. Pero emociona. Porque en cada una de sus piezas hay una historia contada sin palabras. Una que te lleva a otro tiempo, a otra esquina del mundo, o a ese rincón de tu cabeza donde todo parecía un poco más simple. Más bello.
Más tú.



























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