Un neumático abandonado en mitad de la nada. Una señal descolorida que apunta hacia ningún sitio. Un árbol seco que se estira como si quisiera tocar el cielo convertido en improvisado perchero. En las fotografías de Rob Hann todo parece fuera de lugar, hasta que te das cuenta de que lo que está fuera de lugar eres tú. Hasta que te detienes, miras, y escuchas. Porque el paisaje (el suyo) habla.
Hace más de dos décadas que este británico (afincado en Nueva York) conduce por la América que no sale en los folletos. Te hablo de la América polvorienta, absurda, quieta. La que se extiende entre dos pueblos perdidos donde no pasa nada, pero lo sientes todo. Con su cámara —y una mirada que mezcla melancolía, humor y una ternura inesperada— Rob captura esos lugares donde el tiempo no ha llegado del todo, o donde nunca terminó de irse.
Wonder Valley o la belleza de lo que no encaja
Wonder Valley es una propuesta visual más que interesante por el intervencionismo del que hace gala. Rob coloca objetos en escena. Por eso te encontrarás con una puerta en medio del desierto o con el caballo de un tío vivo esperando ser montado. Historias. Pequeños gestos que no rompen el paisaje, lo reescriben. Lo que podría parecer documental se vuelve performativo. Y lo que parecía banal se convierte en pregunta. ¿Qué hace eso ahí? ¿Y por qué no puede estarlo?
Porque cada imagen es una paradoja que te hace sonreír por dentro. Rob no busca la foto perfecta. Busca el momento en el que cotidiano y extraordinario se mezclan. Se fusionan. O, mejor dicho, el momento en que te das cuenta de que lo extraordinario siempre estuvo ahí. Esperando. Con los brazos abiertos. Con una luz oblicua que lo baña todo de realismo mágico.
Mirar también es una forma de habitar el mundo
Sus paisajes no son paisajes. Son personajes. O te hace sentirlos así. Con voz propia. Con historia. Con heridas que no necesitan explicación. Lo suyo no es estética. Es ética. Es una forma de mirar el mundo sin necesidad de adornarlo. Solo encuadrarlo, y lo hace desde el respeto, sí, pero también con una sutil ironía (del que sabe que la domina, bien).
Por eso, Rob Hann ha convertido su viaje en una forma de estar en el mundo. Sin mapas. Sin certezas. Sin grandes pretensiones. Solo con una cámara, una carretera y una fascinante (y envidiable) capacidad de convertir lo raro en poético.
Y eso, cuando te apasiona la creatividad, es motivo suficiente para acompañarle en su trayecto.








































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