Piensa en el brote al romper el hielo: tenso, tembloroso, necesitado de un silencio previo para al fin estallar. Eso es lo que capta la artista y fotógrafa sueca Lena Sanver en su mágico (y poético, por supuesto) Yes, of course it hurts, una serie fotográfica que dialoga en susurro con el poema de Karin Boye. Lena logra que sus imágenes respiren el mismo aire quebradizo que los versos, y cada encuadre sienta la resistencia del crecer antes de romper. Ven. Que hay más.
La belleza doliente del poema de Boye —Sí, por supuesto que duele cuando el brote se abre, duele lo que crece, y duele lo que lo amarra— se arropa en la neblina, la penumbra y los gestos casi ceremoniales que Sanver fotografía en la naturaleza sueca. Las gotas, las ramas, los pétalos que parecen contener una voluntad propia… Todo fluye en un instante detenido, frágil. Sanver traduce el verso en atmósfera visual, en ese momento en que la savia busca romper su prisión y lo consigue con dolorosa elegancia.
La mirada que vence al miedo
Lena recorre senderos, bosques y estanques con la cámara como si fuera un rito. En cada fotografía, la niebla y la tierra bailan sobre la escena como un velo que aún no se decide. Esa incertidumbre —Es duro estar dividida, tener miedo, no saber,
deseando lanzarse y también quedarse quieta— se percibe en la tensión del encuadre, en el instante exacto en que la luz banal se quiebra hacia lo sublime.
Y luego, cuando todo parece detenido, ocurre el silencio jubilar: la rama se despega, la gota cae, el brote revive. Es ese instante —y por un segundo toca la certeza más profunda: descansa en esa confianza que crea el mundo— donde la fragilidad se vuelve fortaleza. Así, en una imagen, la serie culmina la misma promesa del poema: el paso al crecimiento duele, pero vence.
Hoy, en Phusions, te invito a sentir de la mano de dos mujeres que son puro arte. Lena Sanver convierte el verso en fotos. Karin Boye convierte el dolor en canto. Y entre ambas, quizás puedas encontrar el pulso de todo renacer, ese alveolo posible que surge del miedo.
Porque sí, duele. Pero solo duele para recordarnos que estamos vivos y surgiendo.









Por supuesto que duele
(Karin Boye – Traducción libre de la versión en inglés)
Por supuesto que duele cuando el brote se abre.
¿Y cómo no iba a doler la primavera al llegar?
¿Por qué, si no, esa ansiedad ardiente
se viste a veces de pálido y amargo helar?
Después de todo, el brote estuvo cubierto todo el invierno.
¿Qué es eso nuevo que irrumpe y se desgarra?
Sí, por supuesto que duele cuando el brote se abre,
duele lo que crece, y duele lo que lo amarra.
Sí, es difícil cuando las gotas caen.
Temblorosas, pesadas, se aferran temiendo el final.
Tiemblan en la rama, se hinchan, resbalan —
el peso las tira, pero aún quieren aguantar.
Es duro estar dividida, tener miedo, no saber,
deseando lanzarse y también quedarse quieta,
sintiendo cómo el abismo llama desde abajo,
pero seguir temblando, sin dar la respuesta.
Y luego, cuando todo está peor,
cuando nada ayuda y todo duele,
entonces el brote del árbol se abre como en gozo,
y la gota se lanza, brillante, sin que nada la retenga.
Olvida entonces que tuvo miedo,
olvida su pavor antes del vuelo —
y por un segundo toca la certeza más profunda:
descansa en esa confianza que crea el mundo.

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