Parecen abandonados, pero te están esperando.
Cielos anaranjados, estructuras dormidas, una quietud que corta.
Como si alguien —o algo— acabara de irse.
Te hablo de los paisajes de Dan McPharlin. Más que ilustraciones, son escenarios detenidos en el tiempo. Ficciones retrofuturistas construidas con la paciencia de un artesano y el oído de quien escucha lo que aún no ha sido dicho. Estás formalmente invitado a recorrer la visión de un artista que, mucho antes de la era de la IA, ya construía lugares en los que la realidad parece haber sido distorsionada. Su obra no explica, sugiere. Y en esa sugerencia está todo.
Porque cada imagen es un umbral. Un fragmento de un universo que parece familiar, pero no del todo. Influenciado por el imaginario sci-fi de los 70 —Syd Mead, Roger Dean, Moebius— McPharlin toma la nostalgia, la geometría, la épica silenciosa, y les da una forma nueva. Una forma suya. Lejos del exceso digital, trabaja con capas de detalle minucioso, modelado 3D y una paleta que parece sacada de un sueño lúcido.
Aquí no hay héroes, ni tramas, ni conflictos evidentes. Hay estructuras solitarias, cielos casi líquidos y una sensación de eco constante. Es la belleza del silencio, del fuera de campo, de lo que no está, pero está a punto de aparecer. Y en esa espera, en ese vacío lleno de tensión, McPharlin define su imaginario. Su voz. Su realidad alternativa.
Es difícil saber si sus paisajes están al principio de algo o justo después del final. Pero da igual. Porque mirarlos es viajar. Y quedarse…

















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