El ballet clásico es un universo de reglas. Un mundo de gracia, de precisión, de belleza construida para un solo punto de vista, el de la platea. Esto es así. Pero el fotógrafo australiano Brad Walls ha decidido romper con esa tradición para invitarte(nos) a un viaje aéreo, a una nueva perspectiva donde la danza no es solo un gesto, sino una geometría, una abstracción, una fascinante —y no exagero— coreografía que se dibuja en el suelo.
Su serie, PASSÉ, es (directamente) una proeza. No es un simple reportaje. Es una reinvención. Con la ayuda de un dron, se eleva por encima de las bailarinas para revelar patrones simétricos y formas gráficas que, desde nuestra perspectiva habitual, se pierden por completo. Un ejercicio tan diferente, pero a la vez tan sincero, te recuerda que, en la creatividad, a veces basta con cambiar el punto de vista para encontrar una belleza que no sabíamos que existía.
El arte que se (re)dibuja desde el cielo
Por eso, la obra de Walls te fascinará por su capacidad para convertir un universo tan orgánico y fluido como el ballet en un lienzo de líneas, formas y colores. Es una especie de diálogo entre la rigidez de la geometría y la libertad de la danza. Y en esa tensión, en esa contradicción, el arte se vuelve más profundo.
El proyecto —además— es un gesto de paciencia. Tres años de trabajo, 60 bailarines, un almacén convertido en un escenario monocromático. Todo, para una sesión de ocho horas en la que cada cuadro fue meticulosamente coreografiado para que, desde el aire, el resultado fuera una obra de arte. Y lo es. Un ballet que se lee tanto como una performance coreográfica como una pintura abstracta.
Más allá de la imagen. Mucho más allá…
Pero la magia de Walls (que ya te aviso que volverá a phusions pronto) no termina ahí. En Nueva York, sus fotografías se exhiben a tamaño real, eliminando la distancia entre el espectador y el escenario. Y un detalle que rompe todas las paredes habidas y por haber, cada visitante se lleva a casa una postal manuscrita de un bailarín, un gesto íntimo que convierte al espectador en un participante, en una parte de la obra.
El objetivo, como él mismo ha dicho, es hacer el ballet más accesible, crear una conexión personal entre el arte y su público. Es una demostración (otra más) de que, en la era de lo digital, un simple gesto analógico puede ser un acto de amor, un recordatorio de que la belleza no solo está en lo que miramos, sino en cómo nos atrevemos a sentir.
¡O no te cuentan cosas sus imágenes… ?










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