En Orizaba, el color siempre ha estado unido a la superstición. Tavo Santiago lo entendió de niño, en el rumor íntimo de las fiestas patronales, entre muros y altares repletos de calaveras y en los cómics que devoraba a escondidas. Su universo es una suma de viejos mitos, animales imposibles, cuerpos de otro siglo y máscaras que no protegen sino que desvelan algo del que las lleva. Quizás por ello, la primera vez que ves una ilustración suya, parece que todo es exceso. Lo encuentras en el color, en los símbolos y (por supuesto) en las tramas. La segunda vez, sin ambargo, lo entiendes, para Tavo el exceso es la forma de dejar pasar lo sagrado a la vida cotidiana.
Por eso, a Santiago le define su capacidad de mezclar el asombro y la herida, lo ceremonial con lo punk. Héroes y dioses sin solemnidad, criaturas híbridas que podrían saltar de un mural al tattoo o de un altar a un fanzine. Su obra es un – apasionante, debo añadir – carnaval de identidades, ni antropología ni archivo ni cosplay, sino pura celebración del carácter mestizo. Da igual si el encargo viene de Marvel, José Cuervo, Spotify o una galería local, lo suyo nunca es solo una colaboración comercial. Es el testimonio de que el símbolo sobrevive porque es mutante. En sus creaciones, lo popular es siempre lo fantástico.
El culto del exceso que revela lo esencial
Las figuras de Santiago existen en esa frontera donde el folklore deja de ser – casi – un objeto de museo y se convierte en costumbre viva. Conviven la calavera y la flor, el dios en patineta y el perro xoloitzcuintle disfrazado de santo. No hay ironía, hay juego. Sus ilustraciones parecen pedir permiso para ser leídas a varias velocidades. Te puedes detener en la evidencia del color, claro, pero si te dejas llevar cruzas a esa otra lectura en la que el mito es solo una excusa para hablar del miedo, del orgullo y de las ganas de seguir contando historias que nadie ha terminado de inventar.
En cada trabajo puedes encontrarte con una referencia a sus origentes, hay algo del temblor del muralismo mexicano, algo de la energía punk de los años noventa y – por supuesto – algo de la épica urbana de quienes han aprendido que la calle y el mito se mezclan porque nadie puede separar del todo los sueños de los días comunes. Por eso sus personajes, a la vez que cuentan con héroes sakras y brujas modernas, nunca terminan de quedarse quietos en un solo significado. Ni ganas que tienen.
La identidad como animal que se escapa
Definir el trabajo de Tavo Santiago con una sola palabra, parece – ya lo estás viendo – complicado. Pero quizás sería “ritual”. Y me explico. Se trata de un ritual visual donde cada símbolo, cada cicatriz, cada animal intervenido sirve para recordar que la identidad (como los mitos y los colores) no es fija. Es un tránsito, del mural al póster, de las marcas al graffiti, de lo mítico al ahora.
Al final, lo que deja cada ilustración suya no es solo estética, es la sospecha lenta de que dentro de lo vibrante sigue gestándose lo secreto. Eso que se escapa, y que siempre, en alguna imagen, consigue volver.



















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