Hoy va de robots (no es el primero, ni será el último). Durante décadas, la ciencia ficción nos vendió una mentira. Nos prometió mayordomos metálicos con piernas biónicas y cerebros positrónicos (en el mejor de los casos) que – paradójicamente – tropezaban con la alfombra del salón. Vaya. Quizás por eso, nos hemos obsesionado con crear robots que parezcan humanos, olvidando que lo que realmente necesitamos (si es que los necesitamos, que ese es otro debate) no es un doble sintético, sino una ayuda real que entienda la delicadeza de una copa de cristal o el caos de una pila de ropa sucia.
Por eso, cuando la startup Sunday presentó a Memo (vale, el nombre en castellano es curioso), algo dentro de mi hizo clic. Olvídate de esos humanoides rígidos que intentan caminar – en plan creepy – como nosotros. Memo es diferente. Con su base de ruedas, su cuerpo extensible y esa estética que oscila entre un electrodoméstico de diseño y un personaje de Pixar, este robot no pretende imitarte biológicamente; pretende aprender de ti. Y esa diferencia puede cambiarlo todo. Bueno, o no. Qué sabré yo…
Diseño empático: la utilidad se viste de ternura
Lo primero que impacta de Memo es que no intimida. Nada. Lejos de la frialdad del metal expuesto o las inquietantes máscaras de silicona, Sunday ha apostado por una robótica suave. Es un compañero visualmente tranquilo, con formas redondeadas y una cubierta de textura agradable que invita a tocarlo, no a temerlo. De alguna forma, tengo la sensación que han creado un personaje móvil diseñado para coexistir con niños, mascotas y desorden, ¿verdad?
Pero – ojo – bajo esa apariencia entrañable hay una ingeniería tan pragmática como brillante. Al renunciar a las piernas en favor de una base rodante, Memo gana una estabilidad a prueba de cortes de luz. Si te preguntas por qué afirmo esto, imagínate a Figure 03 cayendo sobre ti si la batería se le agota, por ejemplo (pues eso). Además, le ofrece una agilidad superior para navegar entre habitaciones. Por otro lado, su cuerpo telescópico es una maravilla de la adaptabilidad. Puede encogerse para recoger un juguete del suelo o estirarse hasta los dos metros para alcanzar esa taza olvidada en el estante más alto de la cocina. Es la funcionalidad dictando la forma, pero con un acento amable. Tiene más de Baymax que de Terminator, vaya.
La «escuela del gesto» para aprender tocando
Y eso que la verdadera disrupción de Memo no está en sus ruedas, sino en su cerebro, o mejor dicho, en sus manos. Sunday ha resuelto el gran problema de la robótica doméstica – la torpeza – con una solución poética, la imitación. A través del Skill Capture Glove, un guante sensorizado que cuesta apenas 200 dólares (frente a los miles de los sistemas tradicionales), el robot aprende sintiendo (pam) lo que tú sientes (patam).
Por eso, cuando un usuario dobla un calcetín o carga el lavavajillas usando el guante, transmite a Memo no solo el movimiento, sino la presión exacta, la velocidad y la intención. Es alucinante. Miles de usuarios están (ya) alimentado una biblioteca de movimientos con más de 10 millones de episodios de rutinas domésticas, Así, Memo no ejecuta código abstracto, replica memoria muscular humana. Flipa. Es un asistente que ya no alinea zapatos torpemente, los ordena igual que puede limpiar una mesa llena de sobras, manipular vajilla frágil sin romperla o prepararte un café, todo ello navegando por entornos desconocidos gracias a su mapeo 3D autónomo. No es un robot que se programa, es un robot que se cría.
Memo (de alguna forma) te devuelve a la promesa de un futuro en el que la tecnología te pueda devolver lo más valioso de todo, tu tiempo, haciendo lo que tu harías como tú lo harías. Más o menos.








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