Japón suele percibirse como un país de contrastes ruidosos, un lugar a medio camino entre los neones cegadores de Shinjuku y la quietud de un templo zen. Sin embargo, existe una tercera dimensión, una capa de realidad que opera en la penumbra y que rara vez se deja capturar por una lente occidental. Es un mundo donde la violencia no se grita, sino que se susurra, y en el que el honor pesa más que la ley escrita. El fotógrafo belga Anton Kusters no solo ha logró entrar en esa dimensión prohibida, también se hizo invisible dentro de ella para retratar el testimonio visual más inquietante y humano de la Yakuza moderna.
Para llegar ahí, viajamos al 2009, no bastó una credencial o un encargo, Kusters estuvo casi diez meses negociando el acceso con la familia Shinseikai, escuchando más “no” que “sí”, hasta conseguir permiso para seguirles durante dos años. La escena que lo cambia todo sucede en su primera reunión formal con ellos. Cuentan que entra nervioso, se nota. Uno de los miembros le reprende de inmediato. Si él tiene miedo, les está faltando al respeto, su palabra es su garantía. «Se te permite fotografiarnos durante dos años. El hecho de que estés nervioso nos demuestra que no te sientes seguro, y eso es una falta de respeto hacia nosotros. Nuestra palabra es nuestro vínculo; nada puede pasarte mientras estés con nosotros«. O confías, o no entras. Y, a partir de ahí, Kusters decidió que su trabajo no iba a ser documentar desde fuera, sino habitar una fina línea de presencia – casi – invisible.
Silencio, encuadres incómodos y dedos que faltan
Las fotos de “Odo Yakuza Tokyo”, el libro que recoge el proyecto, no narran grandes golpes ni guerras internas, se quedan en la superficie de lo que cualquiera podría ver si estuviera allí… pero no está. Kusters se convierte en sombra. Una vez dentro, la clave era no mezclarse socialmente, no bromear, no opinar, no participar. Solo estar. Con la cámara a mano, en reuniones en despachos anodinos, en casas de baños, en bares, y en funerales. El resultado son imágenes que hablan por omisión, encuadres que cortan cabezas, cuerpos fragmentados por marcos de puertas, cristales translúcidos que apenas dejan entrar la luz. Arte.
Además, la violencia explícita casi no aparece. La ves sugerida en detalles, como un gesto tenso, o una espalda marcada. Y, sobre todo, en las manos. Kusters fotografía dedos amputados, resultado del ritual del yubitsume, el corte de una parte del meñique como forma de disculpa por una falta grave dentro de la organización. Esas ausencias dicen más que cualquier pistola. Son la evidencia muda de un sistema de castigo que no necesita mostrarse para hacerse sentir.
Un acceso único a una organización que vive a la vista… y a la vez fuera de cuadro
Lo interesante de la Yakuza, como cuenta la cultura popular, es que no es una mafia que se esconda del todo, tienen oficinas, nombres, historia legal y hasta cierta presencia pública. Pero lo que ocurre detrás de esas fachadas, te hablo de sus dinámicas internas, de sus códigos, rara vez se deja ver. Y eso, quizás, pone más en valor el proyecto de Kusters, no tanto por quere mostrar “lo prohibido” si no por registrar lo que casi siempre pasa desapercibido.
El proyecto no cayó en ningún momento en la glamourización ni en la condena fácil. Él mismo cuenta que, frente al cuerpo enfermo de un yakuza moribundo al que fotografía en su lecho de muerte, entiende que juzgar desde fuera no sirve, su trabajo es observar, ser honesto con lo que ve y aceptar que, en esta historia, casi todo está hecho de grises. Por eso, tampoco blanquea. Ni demoniza desde el morbo. Se limita – que no es poco – a sostener la mirada en ese territorio ambiguo donde la estética cuidada, los trajes a medida y la gestualidad medida conviven con una violencia estructural que no necesita alzar la voz para ocupar toda la habitación.



















Deja un comentario