Ahora que Carlos Alcaraz ya ha levantado ese – tan ansiado – trofeo en Melbourne y el confeti se ha barrido de la pista dura, a los mortales nos queda una extraña (y muy reconocible) resaca emocional post-Grand Slam. Hemos visto y disfruta cientos de horas de esfuerzo sobrehumano, winners a 200 km/h y una capacidad de sufrimiento físico que agota solo de mirarla (esas semifinales…) Pero mientras Carlitos se lleva la gloria deportiva, Lindt ha decidido que el resto nos merecemos un premio de consolación mucho más indulgente. Por eso, y justo para el torneo, la marca suiza ha lanzado una edición limitada que convierte la herramienta de trabajo del campeón en un capricho prohibido, pelotas de tenis que no botan, pero que se deshacen en la boca.
La ejecución es brillante por su mimetismo descarado. A simple vista, el packaging te engaña, como si fueras a tener en la mano nuestras tan queridas pelotas amarillas, esas que hemos visto volar durante dos semanas. Es un trampantojo visual perfecto. Pero al retirar el envoltorio, la goma y el fieltro dan paso a una esfera de chocolate con leche (que incluso quiere replicar las costuras curvas de la pelota real) y un núcleo de crema de avellana marca de la casa. Es el contraste definitivo, el exterior representa el brillo y la intensidad del tie-break; el interior es pura calma estática y cremosa.
Esta genialidad, que se ha vendido en Australia en packs de tres, imitando los tubos de pelotas, es otra prueba de que el marketing deportivo puede tener sentido del humor. Lindt no solo ha patrocinado el evento, ha disfrazado su producto del evento. Es una lástima – no te voy a engañar – que sea una exclusiva de las antípodas… porque sinceramente, después de sufrir con cada set de la final, la idea de comerse literalmente las pelotas del partido me parece la mejor terapia posible. Alcaraz tendrá la copa, sí, pero estoy seguro de que esto sabrá igual de bien…
Matchpoint para los suizos.





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