Bajar de cabeza por un tobogán de hielo a más de 130 kilómetros por hora sobre una tabla del tamaño de una bandeja de horno es, objetivamente, una salvajada. Punto. El skeleton exige anular cualquier instinto básico de supervivencia. Es algo así como el más absoluto reto de la velocidad. Un deporte casi efímero. Y, sin embargo, en medio de esta coreografía de adrenalina pura y fuerza G, ha florecido una tradición visual inesperada que te (nos) obliga a detener el tiempo para disfrutar de los detalles. Resulta tan curioso como fascinante. Y es que estos atletas, que compiten embutidos en trajes aerodinámicamente milimétricos, han convertido su casco de fibra de carbono en el único reducto libre de normativas estrictas y logotipos corporativos. Es algo así como un lienzo esférico, su espacio de expresión, la forma que tienen de proyectarle al mundo, durante los escasos segundos que dura el descenso, su identidad. Su verdad.
Por eso, este pequeño escudo protector transforma las pistas olímpicas en inesperadas galerías de arte. Si logras fijar la vista en la estela borrosa que dejan los competidores, descubrirás un muestrario de diseño fascinante, desde los motivos aztecas de la puertorriqueña Kellie Delka hasta el tributo gamberro a Venom del estadounidense Austin Florian. La pintura debe resistir la fricción extrema y el hielo, pero más allá de la técnica, lo interesante es el acto de rebelión estética. Los pilotos se niegan a ser simples manchas uniformes en la televisión, han decidido que jugarse – literalmente – el cuello en cada curva merece, como mínimo, una firma personal inconfundible.
Y claro, donde existe un espacio en blanco, siempre acaba estallando un manifiesto. El ucraniano Vladyslav Heraskevych ha elevado esta práctica a otro nivel durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano Cortina. La decisión de imprimir en su casco los rostros en blanco y negro de los atletas de su país asesinados en la guerra le ha convertido en un foco mediático más allá de la propia competición. Y es que el Comité Olímpico Internacional, que suele ser algo alérgico a la realidad de la calle, le prohibió competir con él, invocando sus reglas de neutralidad política. Heraskevych ignoró la burocracia, se ajustó la correa y se tiró por la pista a todas velocidad llevando a los muertos de su país en la cabeza. Una bofetada visual que te confirma que el arte más incómodo no necesita colgar de las paredes de un museo; a veces, le basta con viajar a toda velocidad rompiendo el silencio.
Porque no sólo hemos venido a jugar…










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