Vale, igual me he venido arriba con el título, pero deja que me explique. Si ha estado allí alguna vez, sabrás que el subsuelo neoyorquino huele a estrés oxidado y a urgencia. Viajar atrapado en uno de sus vagones es un peaje físico y mental que millones de personas asumen a diario con la mirada clavada en el suelo. Aisladas del ruido. Pero nunca ajenas a la realidad de lo que sucede alrededor. Justo en ese abismo de incomodidad British Airways ha ejecutado su última (y absolutamente brillante) maniobra persuasiva. Han bajado a la zona cero del malestar urbano para transformar un tren que conecta Grand Central con Times Square en la cabina impecable de un avión comercial.
La acción, que juega con un directo (a la mandíbula neoyorquina) Everything’s Better with a British Accent supone una invasión sensorial completa. Las puertas emulan el fuselaje de una de sus aeronave y los asientos incorporan reposacabezas idénticos (bueno, más o menos) a los de primera clase. Incluso los monótonos avisos de megafonía, ojo con esto, han sido reescritos para sonar con un exquisito acento inglés, mientras una tripulación uniformada reparte té y dulces en los andenes. BA ha construido un espejismo de hospitalidad en el mismo lugar donde la gente suele pelear por un centímetro cuadrado de aire respirable.
El secuestro sensorial del trayecto inevitable
Aplaudiendo el diseño interior corres el riesgo, nada inocente, de perderte la verdadera perversión comercial de esta idea. Colocar un anuncio en una valla de la calle compite contra miles de estímulos visuales. Transformar un vagón de metro significa convertir la propia infraestructura del espectador en tu plataforma de ventas. El usuario no mira el anuncio, se sienta encima de él y queda atrapado físicamente dentro del mensaje durante todo el trayecto. La aerolínea toma como rehén la rutina del viajero para obligarle a consumir su propuesta de valor sin escapatoria posible.
Por otro lado, al ejecutar este contraste tan violento BA acaba multiplicando el valor percibido de su producto. Disfrazar un tren de avión no busca vender un destino turístico concreto. Busca vender(te) un rescate psicológico. Te envuelven en una atmósfera de cortesía y silencio para que seas dolorosamente consciente de lo mejor que podría ser tu entorno. La decisión de interceptar al consumidor en su peor momento del día demuestra una comprensión letal de la psique humana.
La tiranía de la experiencia en el purgatorio urbano
Pero lo que realmente me interesa aquí (y ahora), es que esta irrupción bajo el asfalto de la Gran Manzana es el síntoma de un movimiento corporativo mucho mayor. El marketing experiencial ha decidido colonizar nuestros tiempos muertos. Las marcas saben perfectamente que la publicidad digital se ignora mediante algoritmos e instinto visual. Y la solución que están encontrando es materializar la publicidad en los espacios donde estamos obligados a permanecer inmóviles. El trayecto hacia la oficina se ha convertido en el último gran terreno sin conquistar para las agencias creativas que buscan atención cautiva.
Por eso, la maniobra es tan brillante como cruel. El éxito de esta campaña no se mide por lo bien que imitan los compartimentos de equipaje sobre las ventanas. Se mide por la necesidad visceral de comprar un billete de avión que sientes justo en el instante en el que vuelves a pisar el sucio asfalto de Manhattan.
Y vuela. Vuela…









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