Henrique de França sigue dibujando el agua que nunca se seca del todo…

El agua de Henrique de França no moja. Se queda en el papel como una sospecha, como una mancha que ha aprendido a guardar silencio. Sus calles inundadas, sus figuras quietas, sus postes solitarios y esa niebla que parece tragarse el mundo no buscan contarte una historia completa. Solo dejan una escena abierta, suspendida, un poco torcida, como esos recuerdos que vuelven sin pedir permiso y no sabes muy bien si eran tuyos. Son pura poesía. Por eso vuelve.

Porque, puede que no lo recuerdes, tú y yo ya habíamos viajado por su creatividad. Te llevé a descubrir ese exquisito trazo de la memoria del agua para que te descubrieras mirando otro mundo posible, uno que se dibuja en blanco y negro. Ahora el artista brasileño te invita a perderte en sus nuevas escenas de grafito sobre papel entre niños jugando en aguas demasiado profundas, caballos fuera de lugar, columnas de humo, sombras largas y edificios mínimos. Todo parece familiar y, al mismo tiempo, ligeramente equivocado. Esa es su magia. Henrique no dibuja paisajes. Dibuja lugares que parecen recordar algo que nadie comprende del todo. Tú tampoco. Aunque te resultará familiar…

Esa es su magia. Y quizá no haga falta pedirle mucho más. No hay tendencias que justificar, ni una gran tesis sobre la imagen contemporánea. No necesitas (no necesito) convertir cada uno de sus silencios en teorías. A veces basta con un lápiz, una calle vacía y agua donde no debería haber agua para que el mundo vuelva a respirar más despacio.

Henrique de França sigue dibujando como si el papel tuviera memoria líquida. Y tú y yo seguimos ahí, mirando, esperando a que baje el nivel.


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