Elliot McGucken tiene un currículum extraño para ser fotógrafo. Estudió física en Princeton, hizo un doctorado mientras trabajaba con un grupo de investigación sobre prótesis retinales y, en algún punto del camino, decidió que quizá Einstein no tenía por qué vivir (en el presente) únicamente en una pizarra. Por eso, traza conos gigantes de luz en el cielo nocturno del desierto con un dron cargado de luces y exposiciones de tres a cuatro minutos. El resultado es una serie que se llama Spacetime Light Cone Sculptures, y sí, tiene ecuación propia, dx4/dt=ic, aunque él mismo insiste en que primero quiere que te parezca bonito, y solo después te empieces a preguntar qué diablos significa eso.
Porque lo que hace especial a McGucken no es solo que sepa manejar un dron con precisión de cirujano, sino cómo ha sabido darle vida a esas formas aéreas (que parecen relojes de arena) que no ha inventado él, las toma prestadas de Minkowski y Einstein. En concreto, de su concepto de cono de luz que, en física, describe cómo se propaga la luz a través del espacio-tiempo (they say). Convertir esa idea abstracta, algo que normalmente vive en pizarras universitarias llenas de ecuaciones, en una escultura visible a simple vista sobre un paisaje real, es una de esas ideas que suenan absurdas hasta que las ves ejecutadas con esta fabulosa precisión.
Pero, más allá de la física detrás del gesto, lo que de verdad te hace mirar el cielo con más interés es lo que dice sobre cómo se puede comunicar algo complejo sin traicionarlo ni simplificarlo hasta el aburrimiento. McGucken no te da una clase de relatividad antes de enseñarte la imagen. Te da la imagen primero, y confía en que la curiosidad haga el resto del trabajo. Y entre tanto contenido visual que se conforma con impactar rápido y desaparecer, sus conos de luz suspendidos en el cielo de California te dejan con la sensación incómoda y bonita de haber visto algo que no acabas de entender del todo, y que precisamente por eso, no puedes dejar de mirar.














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