La plastilina tiene una autenticidad natural que me encanta. Se deforma, se mancha con el roce y guarda la marca exacta de quien la aprieta, justo lo contrario a esa pulcritud casi clínica a la que nos tiene acostumbrados Cupertino. Por eso la campaña The Mighty Mac mini de Apple ha encajado tan bien desde el primer segundo. TBWA\Media Arts Lab y el director Nicos Livesey han reimaginado ese bloque de doce centímetros de aluminio para convertirlo en un culturista sacando bíceps, un bólido quemando rueda y un cohete a punto de despegar. Tres metáforas de toda la vida moldeadas sobre una mesa para explicar velocidad de cálculo y potencia gráfica sin necesidad de soltar un rollo técnico infumable.
Pero aunque la pieza principal pueda parecer fabulosa (y lo es), el reportaje de producción que la acompaña es lo que remata la jugada. Ver a los animadores Justin Rasch y Scott DaRos moviendo esqueletos de alambre milímetro a milímetro en los talleres de Blinkink y Stoopid Buddy Stoodios tiene un encanto brutal. Este es, para mí, el detalle clave. El mismo que tú y yo aplaudimos, en diciembre, en aquel anuncio navideño rodado con marionetas de tela cosidas a mano. Por eso, esta nueva pieza confirma que no estas ante una simple ocurrencia festiva o puntual. Hay una apuesta continua por vender microchips invisibles e inteligencia artificial a través del oficio más físico, lento y paciente del cine. Plastilina bajo las uñas, manchas de pintura y cero atajos. Me gusta.
También es cierto que todo el metraje se montó dentro del propio ordenador. Una forma de cerrar el círculo con bastante ironía. En todo caso, toparse con un trabajo que huele a taller y a paciencia artesanal sienta como un soplo de aire fresco. Yo, de momento, me quedo con ese recordatorio silencioso de que el diseño y la emoción visual siguen naciendo del pulso humano y de las pequeñas imperfecciones sobre la mesa… aunque luego me compre el invento para lo de siempre, que es acumular cuarenta pestañas abiertas mientras dejo que se me enfríe el café.







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