Estar a solas en una imagen suele parecer el principio de un problema. La distancia pesa, el cielo amenaza y enseguida aparece la tentación de inventarle una desgracia a quien se ha quedado allí, tan pequeño. Los paisajes digitales de Charles Lopez permiten otra lectura. Esa figura quizá haya encontrado un sitio en el que quedarse a gusto, aunque el pronóstico sea espantoso y no haya nadie cerca para confirmarlo. El artista francés, que firma como Vagabondiary, trabaja con esa ambigüedad y evita resolverla del todo. Sus escenarios tienen la belleza inquietante de un lugar al que probablemente no querrías ir, pero del que cuesta apartar la mirada. Y cuanto más espacio ocupa el paisaje, menos urgente parece averiguar qué le pasa a su diminuto habitante. Puede que, por una vez, no le pase nada.
Lopez viene de la fotografía de viajes, de recorrer lugares buscando una soledad que él mismo relaciona con dejar que la naturaleza recupere su sitio. En su trabajo digital, esa búsqueda puede llevarse bastante más lejos. La torre Eiffel acaba rodeada de mar y el Coliseo pierde pie entre la niebla, como si los monumentos también pudieran extraviarse. Hay algo delicioso en quitarles la ciudad de alrededor, porque siguen siendo reconocibles pero ya no sirven para orientarte. La torre que situaba cualquier historia en París se convierte en una presencia desamparada, tan fuera de lugar como podrías estar tú. Esa alteración funciona con la lógica de los sueños, donde reconoces perfectamente algo sin que te extrañe demasiado encontrarlo donde no debería. El acabado de aire analógico le añade una familiaridad engañosa, casi el recuerdo de un viaje que nunca hiciste.
La figura humana termina de complicarlo, porque basta su presencia para que el paisaje parezca guardar una historia, aunque Lopez apenas dé pistas para contarla. Puedes imaginar una espera donde otra persona vería una despedida, y la escena admite ambas sin tener que cambiar nada. A mí esa falta de explicación me deja más cerca de quien aparece allí que un primer plano empeñado en enseñarme su tristeza. Tampoco hace falta convertirlo en un héroe por haberse plantado ante semejante inmensidad. El cielo seguirá con sus asuntos, bastante ajeno a la pequeña aventura de quien lo mira. Quizá por eso estas imágenes consiguen volver deseable una soledad que, contada de otra manera, resultaría desoladora. Da gusto que una imagen te reserve un sitio sin hacer girar todo el paisaje a tu alrededor.




















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