Puede que ahora te toque aprobar gastos, pero eso no borra las horas que pasaste intentando encadenar trucos en una consola. Sabes de qué te hablo. De combos imposibles, saltos inverosímiles y velocidades vertiginosas que siguen almacenadas (casi a fuego) en esa parte de ti a la que se dirige, ahora, Ramp, la misma que sigue reconociendo a Tony Hawk con sólo ver la portada del juego. La misma que, a pesar de ir vestido de traje y haciendo gala de una reconversión profesional bastante sospechosa te sigue resonando en tu memoria gamer. En Tony Stock: Pro Trader, el skater entra en un programa de protección de testigos para escapar de la Ollie-garchy, una camarilla de magnates enemigos del skate (ya, bueno). Su nueva identidad, Anthony Stock, viene con ese traje y un flamante escritorio en Wall Street, una tapadera que tampoco parece haberse trabajado demasiado. Pero está bien jugado (como no podía ser de otra forma), porque la pieza aprovecha esa costumbre de confundir al propio Hawk con alguien que se parece a Tony Hawk y la lleva hasta sus últimas consecuencias. El hombre puede cambiar de nombre, pero tú ya sabes perfectamente a quién tienes delante. Y a Ramp le interesa precisamente que lo sepas.
Detrás está una plataforma de gestión financiera para empresas, un producto que podría presentarse con otra demostración de eficiencia sobre una pantalla impecable. Ramp prefiere devolverte a un ordenador de finales de los noventa, instalado en el apartamento donde se esconde su protagonista. La web, además, te permite entrar en ese refugio y abrir Ramp XP para ver los episodios y disfrutar de guiños tan curiosos como ese RampBerry, que te conecta con la nostalgia de una época en la que llevar correo electrónico en el bolsillo todavía parecía una conquista. El cambio de Pro Skater a Pro Trader se extiende así al lugar desde el que sigues la historia. El pasaporte de Anthony Stock espera sobre el escritorio y el traje cuelga en un rincón, como si la campaña pudiera continuar mientras tú curioseas. La referencia al videojuego deja de ser un guiño que reconocer para convertirse en un entorno donde apetece perder un rato.
Por supuesto, el desenlace lleva a Hawk y Bam Margera hasta la Bolsa de Nueva York, con una demostración de skate en una rampa (sí) instalada fuera del edificio. El nombre de la marca prácticamente había escrito esa escena por su cuenta, pero lo más afinado del planteamiento está en la elección de alguien que puede acompañarte desde una partida de adolescencia hasta el momento en que tienes que elegir una herramienta para tu empresa. Ramp apuesta a que tu mirada juguetona no desaparece cuando empiezas a firmar presupuestos, y construye una comedia alrededor de esa continuidad, sin obligar a Hawk a fingir que su verdadera pasión siempre fue gestionar facturas. La nostalgia le presta atención, sí, pero la historia tiene que conseguir que te quedes. No demuestra por sí sola que el software sea mejor, pero sí hace bastante más probable que recuerdes quién lo vende… Y que la próxima vez que leas Ramp no estés pensando únicamente en contabilidad.




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