De vuelta a las recreativas

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que para disfrutar de un videojuego necesitabas salir de casa (o de la pantalla de tu móvil). Te lo juro. Salir. Cruzar la calle. Igual, incluso, cambiar de barrio. Entrar en un local en el que el brillo de las luces de neón te perseguía desde el mismo momento en que ponías los pies dentro y donde necesitabas ir cargado con un buen puñado de monedas de 100. Hacías cola para esperar tu turno en la máquina que estaba de moda o, si eras un rebelde, te ponías justo en aquella que ya nadie utilizaba porque ya no estaba de moda (un Sega Racing cualquiera, por ejemplo).

Los (o las) más afortunados (o afortunadas) igual encontraban en esos ratos de conexión social, una razón para compartir una cocacola (porque siempre había una Coca Cola cerca) y entablar algo que podía ser el primer paso hacia una lovestory de las que ya no se cuentan. Ah, los salones recreativos, cuántas aventuras nos han regalado. Cuántas partidas. Cuántas tendinitis, también… la de monedas de veinte duros que iba tragándose esas máquinas infernales.

Hoy no voy a ser yo quién te introduzca al responsable de que haya viajado en el tiempo hasta volver al Tivoli y recordar lo que fuimos, lo que queríamos ser. Dejo ese honor a Raymond Gaston. Esto es Back to Arcade, de Franck Bohbot (de vuelta a Phusions).

Las fotografías de Franck Bohbot siempre nos recuerdan a los caramelos que esperan detrás de la vitrina de un cine. Los colores explotan con potencial, pero de alguna manera son acogedores, como si estuvieran empapados de recuerdos azucarados. En su serie Back to The Arcades, Bohbot muestra su dominio del color y su capacidad para enmarcar una narrativa. A través de su lente, cada salón recreativo se abre al espectador como un cortometraje estrechamente entretejido, incluso noiresco. Hay una sensación de criminalidad, como si se hubiera entrado en un bar clandestino, donde se realizan actos ocultos y marginales, pero que son celebrados por los que tienen la suerte de dar la contraseña al portero. Y en medio de todo esto están las propias máquinas: agrupadas en colecciones por los obsesionados con ellas, tentadoras para tocar, para jugar. El ojo de Bohbot nos muestra este lado de Los Ángeles, donde los habitantes se han agrupado para experimentar esta frivolidad, para ser solitarios pero en grupo, para deleitarse en la búsqueda fantástica de los sueños. Todo ello está bañado por la luz única de Bohbot, como la propia ciudad, un lugar en el que la alegría persigue al sol y, cuando éste se pone, sus ocupantes encuentran sus lugares ocultos.

Brutal. Disfruta, ahora, de esta serie…

Copyright de todas las imágenes © 2018 – 2022 Franck Bohbot.

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