No es la primera vez que te hablo de él, ni será la última. Porque la creatividad de Diego Cusano no es una moda, ni un truco visual con fecha de caducidad. Es una mirada. Una forma única —y cada vez más afinada, debo añadir— de recordarte que lo extraordinario está sólo a una mirada de distancia. La tuya. La suya. Incluso en esos lugares comunes que parece que ya no pueden sorprendente. Pero lo hacen. Diego lleva años haciéndolo. Dibujando fantasías sobre tostadas, convirtiendo frutas en galaxias, collages en carcajadas e ideas en poesía visual. Por eso vuelve a este Phusions. Por eso siempre está.
Autodenominado (y autoproclamado, también) Fantasy Researcher, Cusano lleva más de una década creando ese universo propio donde un croissant puede convertirse en el caparazón de una tortuga o en la cabeza del mismísimo Yoda. Su proceso es simple de contar pero difícil de replicar (si más no, con su habilidad). Sólo necesita un lápiz, colores, mucha imaginación y los más insospechados objetos reales que se cuelan en sus composiciones como si hubieran nacido para estar ahí. Hay ironía, sí. Pero también una sensibilidad enorme. Una capacidad casi infantil —en el mejor de los sentidos— para sorprenderse. Y para hacernos sonreír.
“Quiero regalar sonrisas cuando la gente ve mis ilustraciones”
Diego Cusano.
Y lo consigue. Con creces. Desde aquel primer artículo que le dediqué en 2017 hasta hoy, su trabajo no ha dejado de crecer. Ha publicado libros, ha colaborado con marcas como Warner Bros., Haribo, Adidas, Dior o Mondadori, y ha logrado eso que muy pocos artistas digitales alcanzan: convertir un estilo en un sello. En una identidad. En algo que, si lleva su firma, sabes que será una obra de arte.
Quizás por eso, Diego se niega a perder su autenticidad. Por mucho que lo llamen las grandes marcas, por muy alto que vuele su número de seguidores, Cusano sigue siendo ese tipo que un día imaginó dos mejillones convertidos en las orejas de un conejo. Que no necesita ruido para brillar. Que entiende la ilustración como un acto de libertad. Como una invitación a volver a mirar.
Volver a mirar, sí. Su obra te devuelve la capacidad de imaginar sin cinismos. Te invita a entrar, de puntillas, en un mundo donde el arte no solo es bello, sino también ligero. Vivo. Humano.
Que vuelva, hoy, Diego es sólo la demostración de que cuando algo nos gusta, nos gusta. Y algunas cosas, como su fabulosa imaginación, nos gustan más que otras.













































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