Lo cotidiano también sabe tocar el alma. Nick Prideaux lo encuadra sin hacer ruido…

A veces basta un rayo de sol cruzando la cortina. Una sombra que se alarga. El silencio de un objeto cualquiera. Nick Prideaux hace algo más que fotografiar escenas, acompaña momentos. Y en ese gesto —mínimo, íntimo, revelador— convierte lo habitual en algo que te mira de vuelta. Como si el mundo, por fin, respirara despacio. Sí, por fin.

No hay pretensión en su obra, pero sí intención. Cada imagen nace del deseo de quedarse un poco más. De no dar por sentado lo que está ahí. De mirar con pausa, con afecto, con una especie de ternura analógica que no busca epatar, busca quedarse.

Una poética sin filtro, y sin prisa

Nick dispara con película de 35mm. No por nostalgia, sino por coherencia. Porque su fotografía no es el resultado de una corrección posterior, sino el fruto de una presencia total. Lo que ves, pasó. Lo que sientes, estuvo ahí. Sus encuadres no editan —o no necesariamente, ya me entiendes— la realidad, la celebran. Algo que no puedo dejar de sentir como un pequeño acto de resistencia. Como pura poesía.

Desde su primer libro, 008, publicado con Setanta Books, Prideaux construye una especie de diario visual sin fechas ni nombres, donde lo importante no es quién aparece, sino qué se percibe. No importa si se trata de una flor capturada a contraluz o una espalda desnuda ante el horizonte, lo importante es que sus imágenes van más allá de lo que explican. Te construyen. Porque cada foto es, en sí misma, una pausa. Un respiro.

El milagro de lo sencillo

Y sí, lo sé, podría hablarte de los medios donde ha publicado —Vogue, Marie Claire, Monocle— o de las ciudades donde ha expuesto —Londres, Montreal, Bangkok—. Pero nada de eso importa tanto como lo que ocurre cuando entras en su mundo y te reconoces. Cuando comprendes que no todo arte nace de la grandilocuencia. Que, a veces, basta con mirar bien. Con estar.

Y si te dejas llevar, si te permites entrar en esa cadencia suya de lo pequeño, quizás te pase como a mi: que termines por entender que la magia —la de verdad— no está en lo extraordinario. Está en lo cotidiano. Solo necesita que alguien sepa verla.

Nick Prideaux lo hace. Y tú, ahora, (quizás) también.

Ventana abierta con cortina ondeando y un cuenco de naranjas en el alféizar, mirando hacia el mar y una montaña en la distancia.
Primer plano de un brazo desnudo con sombra de una planta proyectada sobre la piel, en un entorno suave y tenue.
Campo de flores de cempasúchil de color naranja brillante, iluminado por la luz natural, con sombras proyectadas en la superficie.
Una mujer vista desde atrás, con el cabello oscuro y lacio, sentada en la playa frente al mar, mientras el atardecer ilumina suavemente la escena.
Vista desde un marco de ventana que muestra el mar y el cielo al atardecer, con una luz suave iluminando el interior.

Un jarrón de cristal contiene flores tulipanes en un fondo minimalista.
Retrato en blanco y negro de una persona con cabello lacio y flequillo, posando con un vaso de agua frente a ella. La luz natural resalta la reflexión del rostro en el vidrio, creando un efecto visual intrigante.
Una persona sostiene un ramo de flores blancas mientras viste un abrigo negro, con una blusa blanca visible debajo.
Una silla de mimbre frente a una pared texturizada y un pilar, iluminada por la luz suave del atardecer, creando un ambiente tranquilo y contemplativo.
Pierna de una persona sosteniendo un melocotón, junto a un cuerpo de agua y montañas al fondo, con luz cálida y natural.
Olas grandes rompiendo en el mar con espuma blanca, bajo un cielo nublado, creando un ambiente de naturaleza salvaje.


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Una respuesta a «Lo cotidiano también sabe tocar el alma. Nick Prideaux lo encuadra sin hacer ruido…»

  1. […] el corazón anclado al sur— dispara con película (y reconozco que últimamente me está gustando volver a esa verdad), porque su creatividad no encaja en la de los filtros. Su arte va de dejar que el tiempo se quede […]

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