Hay una conversación eterna en el arte. Una que se da entre el pasado que exige técnica y el presente que pide libertad. Tú y yo sabemos que el reto de la pintura moderna no es solo dominar el trazo, sino fusionar esos siglos de historia en una voz nueva que resuene con la complejidad de hoy. El pintor cubano-americano Cesar Santos no solo acepta ese reto, lo convierte en su manifiesto personal y lo llama Syncretism (aka Sincretismo).
Sus retratos no se conforman con una estética, abren grietas en el canon, mezclan el claroscuro de Rembrandt con el arrebato gestual de Pollock y el descaro de los graffitis actuales. Así, un rostro puede flotar como un recuerdo bien pulido sobre un fondo que explota en manchas de color, en garabatos o en texturas que no buscan imponerse sino dialogar con los siglos. Santos no cita, remezcla; no homenajea, discute. Cada cuadro es un manifiesto de piel y contradicción.
Desterrar los purismos y crear algo propio…
Para Santos, la pintura es cuestión de alquimia. Su formación técnica, de atelier florentino, de horas y horas copiando a los viejos gigantes, no le limita, le da licencia para saltar fuera del marco. Lo clásico no es dogma, es – un fascinante – punto de partida. Por eso, en sus retratos, un trazo academicista puede convivir con chorretones, brochazos, collages de referencias, frases escritas a mano o elementos pop que parecen extraídos de la calle. Su meta nunca es la pureza, sino la chispa, lo que ocurre en el instante preciso en que lo sagrado y lo profano, lo racional y lo emocional, lo controlado y lo imprevisto coinciden en la misma superficie.
Pero al otro lado de toda esa superposición de estilos habita una pregunta: ¿aún cabe algo auténtico en la pintura figurativa hoy? Santos responde desde la honestidad, la ironía y el desafío. Cada rostro es una excusa para mezclar lenguajes pero también para recordar que la pintura sigue siendo, sobre todo, un acto radicalmente físico y humano. Y eso, la verdad, me parece indiscutible.
El arte como conversación abierta (y sin fecha de caducidad)…
No es casual que las obras de Cesar Santos hayan viajado por galerías y museos de medio mundo, ni que sus piezas resulten igual de frescas en una portada de revista contemporánea que en un salón con molduras. Hay cierto descaro en su voluntad de no elegir bando, en su disfrute por el mestizaje visual. Y hay también una fe callada en que mirar atrás no significa retroceder sino construir relatos nuevos con materiales que siempre están ahí, esperando el próximo roce.
Quizá por eso, cuando la técnica se encuentra con el instinto en un lienzo de Santos, salta una chispa que desafía modas y modismos. Es Rembrandt probando el gesto de un grafitero, es Pollock aceptando la disciplina del retrato, es la promesa de que el arte, cuando es honesto y no se deja domesticar, seguirá removiéndonos por dentro…
Aunque ya no sepamos nombrar exactamente por qué.
















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