Tú y yo sabemos que hay farolas que no son solo farolas. Pero también hay máquinas expendedoras que susurran las historias que han visto, mientras el mundo duerme. Lo sabemos, sí. Y lo sabe, también, Keita Morimoto, que aprendió hace años, cuando tenía 16 y se fue de Osaka hacia Toronto sin saber qué esperar, que la belleza no vive donde la buscas normalmente. Vive en los márgenes. En los lugares por los que pasamos cada día sin mirar. En esos segundos en los que estamos completamente solos en una calle vacía y, de repente, la luz artificial se convierte en la cosa más íntima que existe.
Y ojo, que este no es el relato de una ciudad. Es el de esa tensión que se cuela entre lo visible y lo que intuyes apenas al fondo. La humedad del asfalto tras la lluvia o el rumor eléctrico de un neón que nunca se apaga. Es esa sensación de que en el silencio absoluto todo podría latir un poco más. Morimoto se mueve – delicadamente – en ese filo donde la madrugada no es solo ausencia de gente, sino el escenario perfecto para quienes no temen quedarse a solas con sus pensamientos y con la luz artificial que resulta, casi siempre, más honesta que la del día. No (solo) ilustra, te provoca para que te detengas justo ahí, en el lugar, en el instante, en el que lo cotidiano se vuelve frontera y la belleza demanda que la mires sin distracción.
La luz antigua en las máquinas contemporáneas
Para ello, Morimoto (que repite en phusions) toma la técnica del chiaroscuro que Rembrandt y Caravaggio usaban para separar lo sagrado de lo profano, y la actualiza (con cierta mirada al manga), hasta soltarla en cualquier rincón de Tokyo a las once de la noche. Aquel – clásico – contraste que distinguía santos de pecadores en los cuadros medievales, ahora vive en el borde de una sombra que toca una máquina de bebidas. Es una traición – casi te diría que tan hermosa como necesaria – a la tradición, una forma de decir que lo sagrado también puede brillar aquí. En lo que tú habías decidido que no merece ser visto.
Sus figuras humanas, muchas veces solas, y casi siempre absortas en un pensamiento que no llegarás a traducir, parecen estar teniendo una conversación silenciosa con la arquitectura misma. Por eso sientes que Morimoto ilustra encuentros. Cada obra es un instante en el que alguien se da cuenta de que estaba esperando a ese espacio, o (quizás) que el espacio la esperaba a ella, y finalmente se encontraron en medio de la noche, en medio del ruido, en medio de la indiferencia.
El exilio como lenguaje
Morimoto siente sus ilustraciones como la respuesta a «una vida entera navegando conflicto, soledad y el deseo de escapar dentro de entornos urbanos» . Y no es retórica. Es pura verdad. A los 16 años se fue y, cuando regresó a Tokyo, su ciudad natal se sentía extraña, como si la realidad hubiera cambiado de forma mientras él no estaba. Como si por mudarse a Canadá, por crecer en otro lugar, la química de su conexión con casa hubiera mutado de forma irremediable.
Y sus lienzos, al final, juegan con eso, con la – innegable – yuxtaposición de lo viejo y lo nuevo, de lo conocido y lo extraño, todo coexistiendo en la misma calle, en la misma realidad. Los títulos brotan de Haruki Murakami. «Memorias contrastantes«. Porque sí, eso es exactamente lo que pasa. En un mismo lugar viven múltiples memorias. Tu Tokyo nunca será el mismo del de quien pasó hace una hora. Y el de Morimoto es distinto a ambos. Él es el que mira desde afuera. El que vuelve y no reconoce.
Él es el que pinta precisamente eso, el desencuentro con lo familiar hecho belleza.
























Deja un comentario