Sí, te lo aseguro, los colores de Yann Valber te persiguen. Después de verlos una vez, el rosa neón, el azul eléctrico, o sus amarillos chillones, se quedan en tu retina y ya no puedes mirar un blanco de la misma forma. Es como si alguien hubiese activado algo en tu alma creativa que no sabías que necesitaba liberarse y que se convierte en gritos cromáticos que otros – quizás – tienen miedo de pronunciar. Su trabajo no es ilustración (ya me entiendes), es algo así como un acto de desobediencia visual. Por eso, sus obras acaban adoptando un tono muy concreto que él llama «caos armónico» (y, sí, tienes que verlo para entender que eso es exactamente lo que es).
Formado en dirección de arte y diseño gráfico, Valber lleva casi incorporada de serie esa capacidad de componer – u organizar – incluso dentro del desorden. Y eso resulta fascinante. Porque sus ilustraciones, aunque explotan, respiran. Aunque sean «unapologetically loud» (como dice él mismo), tienen una estructura musical, un ritmo. Cada elemento sabe dónde debe estar. O al menos, parece saberlo (que, al final, es lo que cuenta). Su marca es la precisión dentro del frenesí, la técnica desnuda bajo la alegría.
El exceso como disciplina
Y eso que Valber opera con un principio que suena contraído pero no lo es, a veces, agregar más color es la solución (sí, esto le sitúa al otro extremo de la filosofía artística de Mangyoku). Pero, ojo, ese exceso no es decoración, es intensidad. De hecho, Yann ha trabajado (y trabaja) para Spotify, Netflix, Samsung, Rio Energy, BIC, y cada proyecto es un viaje donde sus neones y formas abstractas encuentran el espacio perfecto para respirar. Todo encaja. Y lo hace sin necesidad de adaptar su estilo a los clientes, si no creando una especie de conversación en la que esos diferentes universos acaban aceptando, con total normalidad, sus reglas, su explosión controlada.
Su obra mezcla, constantemente, la energía manuscrita con la precisión gráfica, como si alguien hubiese dejado a una niña o un niño pequeño con los rotuladores de su padre o madre, en una mesa de diseño profesional. Pero funciona. Vaya si funciona. Porque lo que produce no es infantil, es liberador. Cada trazo vibra de intención. Y esa intención es siempre la misma, mostrar que el color, cuando se respeta, cuando se ama de verdad, puede contar historias tan profundas como cualquier narrativa escrita.
Surrealismo sin disculpas
Y es que, en el fondo, Valber hace algo que otros tienen miedo de hacer, no se contiene. No baja la voz. Se situa al otro lado del minimalismo casi dogmático, el de los colores planos, que gobierna una parte importante del diseño contemporáneo. Él, en cambio, te sorprende gritando con un surrealismo puro en tonos tan intensos que, aunque no quisieras que fuera así, te cautivará. Y es que, a veces, romper con lo plano, con lo seguro, con lo que no toma riesgos, te renueva la energía. La energía y la mirada creativa. Todo un poco.
Quizás sea eso es lo que lo hace distinto. No es solo que use esos colores, o esas formas, es que lo hace como quien tiene algo que decir y sabe que el silencio no es opción. Sus caracteres, sus escenas, sus caos organizados, todo existe porque él decide que exista. Porque él lo pone ante ti. Y, al hacerlo, te hace cómplice no sólo de su mirada, también de su forma de relacionarse con el mundo.
Y eso, en el trabajo creativo, es pura verdad.




























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