El zumbido eléctrico de un neón parpadeando sobre un motel vacío. El chasquido metálico de un motor enfriándose bajo la luna. No hace falta más para entender dónde estamos. Hoy te invito a visitar ese espacio liminal, justo cuando la noche se vuelve más densa y las carreteras secundarias parecen infinitas, en el que brilla – especialmente – la creatividad de Greg Mount. Desde su estudio en Melbourne, este artista no se limita a pintar paisajes; captura esos fotogramas perdidos de una película que jurarías haber visto, pero que nunca existió, y les da una nueva vida. Menuda vida…
En sus pinturas, Mount utiliza el acrílico para detener el tiempo. Sus lienzos son ventanas a un universo de nostalgia manufacturada, repleto de coches vintage con el cromo brillando en la penumbra, diners solitarios y casas suburbanas que esconden historias tras las cortinas. Lo fascinante no es solo la técnica, impecable y cinematográfica, sino la sensación de aislamiento reconfortante que transmiten. No es una soledad triste; es la paz de quien conduce sin destino fijo, acompañado solo por la radio y sus propios pensamientos.
Pero si te acercas, la realidad se rompe. Mount tiene un sentido del humor sutil, casi surrealista, que se filtra en la escena. Hay osos que viajan. Máscaras de Batman que desafían el tiempo y la paciencia. Pura cultura pop que rompe la solemnidad de la escena y te recuerdan que, en el fondo, todo esto es un sueño febril, el de una América filtrada por la lente de la televisión y reimaginada desde el otro lado del mundo.
Asi, Greg Mount logra lo que muchos cineastas persiguen durante años, contar una historia completa sin movimiento ni diálogo. Sus cuadros son invitaciones a completar la narrativa. ¿Acaba de llegar el coche o está a punto de irse? ¿Qué hay dentro de ese motel? Sus carreteras solitarias no te alejarán del mundo, al contrario, te llevarán de vuelta a ti mismo, al asiento del conductor de tu propio viaje imaginario.
Y no levantes la vista de la carretera…






























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