Nuestra memoria visual funciona por reflejos pavlovianos, nos basta un contorno o una mirada para reconocer a un ídolo. Sin embargo, esa inmediatez se rompe y se reconstruye cuando una cara familiar pasa por una trituradora geométrica. El trabajo del diseñador e ilustrador belga Fries Vansevenant habita precisamente en esa frontera difusa entre la destrucción y el homenaje. Sus collages no son simples recortes pegados al azar, son una cirugía estética radical donde la cultura pop se encuentra con una suerte de cubismo digital de alta precisión.
Vansevenant toma a los sospechosos habituales del cine, el cómic y la música, esos rostros que tú y yo tenemos grabados a fuego en la retina, y los somete a una disección de ángulos afilados y colores planos. Lo más apasionante, sin embargo, no es que los rompa, sino cómo los vuelve a armar. Brazos que se estiran en diagonales imposibles, ojos que migran de lugar o perfiles que se fragmentan en polígonos, todo está encajado con una limpieza casi arquitectónica. Hay (si me lo permites) mucho de Picasso en la intención de mostrar múltiples perspectivas, pero ejecutado con la nitidez vectorial del diseño gráfico contemporáneo.
Al final, estas piezas funcionan como un rompecabezas visual que te retan a recomponer la identidad del sujeto. Es un juego de ingenio y nostalgia en el que la forma manda sobre el contenido, dejando claro que un icono verdadero resiste cualquier deconstrucción. Vansevenant te susurra (o quizás algo más) que, a veces, para ver realmente algo que hemos visto en mil ocasiones, primero debes hacerlo pedazos.
¿Te encaja?



















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