Hay – tú lo sabes bien – una delgada línea roja entre lo adorable y lo raro, y Delfino Fidel ha decidido saltar a la comba justo encima de ella. Las caritas amarillas y los iconos digitales fueron diseñados para ser inofensivos (ya), algo así como lubricantes visuales que tienen como objetivo suavizar nuestra comunicación diaria. Sin embargo, cuando esos símbolos planos adquieren volumen, peso y una anatomía imposible en manos de este artista, la sensación de confort desaparece. Lo cute muta en algo sospechoso. Fidel ha encontrado en la estética del juguete el camuflaje perfecto para colar una crítica ácida sobre nuestra realidad de consumo, demostrando que nada da más miedo que una sonrisa de plástico que te devuelve la mirada.
Desde su estudio en Arogno, Suiza, este artista opera con la precisión de un taxidermista de la cultura pop. Toma los elementos que saturan nuestra retina (emojis, logotipos, y otros objetos domésticos banales) y los somete a hibridaciones escultóricas que desafían la lógica biológica. Un globo terráqueo con textura de pollo asado o un bolso de lujo caminando sobre patas robóticas no son meros chistes visuales. Son trampas. Sus piezas, construidas con materiales tan tangibles como madera tallada, arcilla polimérica y resortes industriales, utilizan colores vibrantes y acabados pulidos para atraer al espectador incauto. Total, que te acercas por la curiosidad infantil y te quedas por la extrañeza adulta.
La estética como caballo de Troya
Esta saturación cromática y la simplicidad de las formas funcionan como un anestésico inicial. Fidel sabe que la mejor manera de hablar de temas densos es disfrazarlos de ligereza. Sus esculturas actúan como espejos deformantes de una sociedad que devora imágenes con voracidad pero sin digestión. Al otorgar cuerpo físico a lo efímero digital, el artista revela lo absurdo de nuestras obsesiones, la viralidad, la marca, la necesidad patológica de validación externa. Un emoji que se derrite o sangra rompe el pacto de ficción de la pantalla, se vuelve orgánico, vulnerable y, por tanto, incómodo.
La doble formación de Fidel en arte y ciencias de la educación se filtra en cada pieza, no como una lección moralista, sino como un acertijo pedagógico. El humor, en su obra, es la llave maestra para el pensamiento crítico. Nos reímos ante la visión de un objeto ridículo para, acto seguido, preguntarnos por qué esa ridiculez nos resulta tan dolorosamente familiar. Por eso, no busca dar respuestas ni sermonear, sino dejar(te) un poso de inquietud persistente. Obligar(te/nos) a confrontar que, bajo el barniz brillante de nuestra existencia conectada, laten monstruos fascinantes que nosotros mismos hemos alimentado a base de likes.




















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