Quince años dibujando los fondos de grandes éxitos televisivos y ganando premios Emmy te obligan a una perfección absoluta. Durante el día Justin Parpan diseña, en la Disney, universos milimétricos que habitan millones de niños. Pero cuando apaga las luces de su despacho (el corporativo, se entiende) hace algo totalmente distinto, coge la pintura y recorre en su cabeza las carreteras secundarias de América. Sus paisajes eléctricos y sus casas abrigándose bajo la luz del anochecer no son el portfolio de un creativo buscando nuevos proyectos. Son el refugio íntimo de alguien que necesita pintar algo que nadie le va a pedir nunca.
Por eso, sus paisajes nocturnos rechazan de plano la precisión vectorial que impone la burocracia de la animación comercial. Hay mancha. Hay grano. Los bordes se difuminan y las luces sangran sobre la oscuridad de una manera que ningún proceso de producción industrial aprobaría jamás. Esa soltura gráfica no es un descuido técnico, es la decisión consciente de permitir que la imagen respire en lugar de estrangularla con detalles. Su obsesión por saber cuándo debe detener el pincel conecta con la idea vital de que una obra inacabada también es una obra completa.
Que Parpan comparta este trabajo personal con la misma naturalidad con la que comparte sus créditos profesionales dice algo sobre una generación de creativos que ha decidido no disociar las dos mitades de su práctica. No la versión para el mercado y la versión para el cajón. Ambas en el mismo feed, con la misma firma. Como esa casa roja que aparece una y otra vez en sus sueños, y que lleva años reapareciendo en su trabajo. No sabe de dónde viene. Pero sigue pintándola.
Hay algo en esa insistencia que cualquier artista con una obsesión propia reconoce de inmediato.






























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