A veces necesitas alejarte del píxel para recordar cómo se construyen las imágenes de verdad. Para volver a ver la creatividad en su máxima expresión. El artista francés Christian Lucas se pasó años trabajando como diseñador gráfico y director de arte en agencias de publicidad e ilustración, metido de lleno en esa maquinaria digital que a menudo te distancia del tacto de los materiales. Pero, en 2019, cansado de que las pantallas devoraran su oficio, decidió dar un volantazo y regresar al lienzo y a los pinceles para recuperar el placer físico de crear con las manos. Pero (la deformación profesional siempre se queda, lo sé por experiencia), al volver a la pintura acrílica y al óleo, no dejó su mente de publicista en la puerta del estudio. Se llevó consigo todos los encuadres milimétricos y las iluminaciones dramáticas propias de una sesión de fotos de producto para aplicarlos a la pintura realista. ¿Funciona? Claro…
El resultado de ese cruce técnico es un festival de realismo juguetón profundamente magnético. Sus obras tienen la solemnidad visual de una de esas campañas que lucen músculo presupuestario, pero el contenido es un maravilloso troleo a nuestras expectativas. Lucas coloca una pistola de juguete de plástico junto a un arma de fuego real en el mismo encuadre, le planta una nariz roja de payaso a un pescado recién capturado o viste a un hombre con un traje impecable mientras sostiene un cubo de playa y un repollo. El realismo, en su oba, no sirve para documentar la rutina de forma aburrida sino para provocar un cortocircuito visual a través del absurdo, cargando de memoria y de una extraña vitalidad a los objetos más mundanos de nuestra cotidianidad.
Esta obsesión por la textura física y el detalle pulido reconforta, las cosas como son. Ver la pincelada real de alguien que sabe exactamente cómo incide la luz sobre una téxtura plástica es un gustazo visual. Lucas demuestra que los trucos aprendidos en una agencia se pueden hackear para acabar ofreciendo una versión mucho más gamberra de los trastos que nos rodean. Toparse con sus lienzos te reconcilia inmediatamente con las ganas de jugar y te quita de encima la tontería de la solemnidad artística.
Porque hay mucha tontería por ahí…















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