Va un ejercicio de honestidad brutal (para arrancar), el tenis se ha construido tradicionalmente alrededor del silencio sepulcral, el respeto a las normas (en algunos lugares, incluso, al blanco, ya me entiendes) y una reserva de pista a precio de oro. Esto es así. Es un deporte maravilloso, qué voy a decir yo, pero arrastra una pompa y (en ciertos ambientes) un acartonamiento de club privado que parece que está espantando, cada vez más, a cualquiera que solo busque pasar un rato divertido sin pedir permiso ni cumplir con el protocolo de vestimenta (si juegas a pádel o pickleball me entiendes). Quizás lo que le faltaba era romper con el tabú de la tradición. Puede que, lo que le haga falta, básicamente, sea impregnarse (y ensuciarse un poco) con ese espíritu de la pachanga de barrio con la que crecimos todos. También raqueta en mano…
Por eso me flipa que – justamente – la Lawn Tennis Association británica (ojo) y la agencia BMB acaban lanzar Fancy a Knockabout?, una propuesta que pretende despojar a la raqueta (y al tenis, de paso) de toda su solemnidad. Echando mano de una pareja tan cotidiana y cercana para el público británico como Stacey Solomon y Joe Swash, la acción se olvida de la técnica perfecta para centrarse en la improvisación más caótica. Dos sillas haciendo de red, como raquetas una sartén o cualquier trasto a mano, y el jardín familiar (que no es pequeño, claro) transformado en un terreno de juego libre.
Romper el cristal del club privado a sartenazos
El gancho de la pieza pasa por robarle prestado al fútbol su concepto más democrático, el toque informal entre amigos, ese Knockabout. El fútbol nunca ha necesitado un estadio para existir porque a cualquiera le basta con tirar dos chaquetas al suelo para marcar una portería, mientras que el tenis siempre pareció exigir una pista reglamentaria y un bote de pelotas impecable (de esos que huelen a fieltro nuevo…). Al validar que rebotar una pelota en la pared de la cocina o improvisar un punto entre los matorrales también es tenis, la federación británica desarma de golpe décadas de elitismo percibido.
Y, por supuesto, recurrir a rostros populares alejados del circuito profesional en lugar de poner a estrellas consagradas a lanzar discursos motivacionales es un movimiento lleno de intuición. Puro marketing, dirás. Sí, cierto, pero la verdad es que Solomon y Swash no intentan venderte un drive perfecto ni una técnica depurada, se muestran tropezando, riéndose de sus propios fallos y jugando con sus hijos entre el caos doméstico. Es la comunicación deportiva bajando a la tierra, entendiendo que el verdadero enganche de la audiencia ya no pasa por la aspiración inalcanzable, sino por la empatía inmediata.
¿Democratización del juego o postureo instagrameable?
Es verdad que hay una tendencia cada vez más evidente en la cultura contemporánea hacia desdramatizar el deporte y recuperar el placer del movimiento sin métricas, sin relojes inteligentes y sin equipaciones caras. Nos hemos cansado de la tiranía del rendimiento constante. Frente a la exigencia de esas marcas que nos piden superarnos a cada segundo, la ligereza de un pelotazo improvisado en el patio trasero se siente como un refugio de libertad pura.
Por eso funciona tan bien esta campaña de la LTA, porque se atreve a desacralizar la tradición para salvar el juego. Además, lo hace justo tras Wimbledon (casi nada). Así, le demuestra a la industria que la forma más inteligente de ensanchar una disciplina no es construir instalaciones más sofisticadas, sino recordarte (nos/les) que la diversión siempre estuvo en el gesto más simple. Te deja con las ganas tontas de rebuscar una bola vieja en el trastero, salir al pasillo y ver cuánto dura un bote en la pared sin romper nada.
Yo hoy, en plenas vacaciones y sin ninguna pista cerca, voy a probar suerte en el jardín, ¿Juegas?



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