El retrato más íntimo de Nueva York cabe en una cuadrícula de (mil) ventanas…

Hace años, un buen amigo, de esos que la pandemia se llevó en silencio cambiándonos para siempre la forma de mirar el mundo, me preguntó cómo caminaba por la calle (mientras paseábamos juntos por su ciudad). Le respondí sorprendido que con un pie delante del otro, y él sonrió con esa sabiduría templada de quien sabe fijarse en lo esencial: «No me refiero a las piernas, sino a los ojos. Siempre tienes que fijarte en lo que pasa por encima de tu cabeza«. Aquella lección volvió a encenderse al encontrarme con el trabajo de Dave Krugman, un fotógrafo de Brooklyn que lleva media década andando las aceras de Nueva York de noche, buscando los pequeños destellos domésticos que se escapan entre cortinas, siluetas de gatos y lámparas encendidas cuando el resto de la metrópoli se repliega. Eso que no miramos. Eso que guarda la magia de lo esencial.

No entra en las casas ni busca escenas robadas, se queda con lo que cualquiera puede descubrir desde la acera al levantar la vista. Una cortina a medio echar, una cama para gatos en el alféizar, unas luces de Navidad que siguen puestas en pleno verano, una planta o una lámpara de pie. Krugman ha fotografiado mil de estos destellos y luego los ha organizado en cuadrículas aleatorias. Y, al juntarlas, la ciudad cambia de escala. Ya no miras edificios de ladrillo ni bloques de apartamentos, sino pequeñas señales cotidianas de gente cenando tarde, buscando las llaves al entrar o viendo una serie que probablemente tampoco terminará hoy. En WINDOWS, la gran metrópoli se convierte en un mosaico íntimo levantado a partir de lo más minúsculo.

Krugman, además, profundiza en esa sensación de caminar por una urbe inmensa y recordar de pronto que cada desconocido carga con una vida tan enredada como la tuya. (algo que lleva el bonito nombre de Sonder). Sus imágenes consiguen ese efecto sin ponerse solemnes. Una sola ventana es una curiosidad, pero mil juntas empiezan a parecer compañía. En estas noches calurosas, cuando el paseo se alarga sin rumbo fijo, mirar hacia arriba tiene algo reconfortante. Las ciudades pueden estar hechas de acero, hormigón y cristal, pero cuando cae la noche, parecen construidas, sobre todo, con pequeñas luces que alguien olvidó apagar.

Especialmente las que nunca duermen.


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