Si intentas recordar la primera vez que cruzaste una calle abarrotada en el sudeste asiático (por ejemplo), te aseguro que tu cabeza no rescata una diapositiva limpia. Lo que vuelve a tu memoria es el bochorno pegajoso, el zumbido constante de los motores, el parpadeo de los carteles luminosos y una marea de desconocidos cruzándose a destiempo. Por eso me gusta tanto la bofetada visual que plantea la serie The Shape of Memories de Riccardo Magherini. El fotógrafo italiano lleva quince años paseando las calles de lugares como Hong Kong, Bangkok o Hanói con una certeza implacable entre ceja y ceja, y es que la tradicional foto fija es un truco tramposo que jamás le hace justicia a cómo late una ciudad. La vida urbana no se deja encadenar en un fotograma estático, vibra por acumulación mientras intentas asimilar que eres un forastero en tierra extraña.
En lugar de perseguir ese instante decisivo que canonizaron los clásicos de la fotografía callejera, Magherini prefiere recolectar pedazos sueltos. Luego se encierra semanas enteras en su estudio para amontonar cientos de tomas capturadas en el mismo punto, fundiendo luces, siluetas anónimas que caminan hacia ninguna parte y destellos de asfalto hasta que el resultado empieza a pesar tanto como la experiencia en directo. Su objetivo no es levantar un mapa exacto de lo que tenía enfrente, sino reconstruir el impacto físico de estar allí plantado. Las imágenes transmiten un mareo pausado y envolvente, una especie de resaca sensorial donde el tiempo parece doblarse sobre sí mismo, como si miraras el cruce a través de un cristal empapado por el calor y el humo de las cocinas ambulantes.
En estos primeros días de septiembre, cuando tú y yo todavía sacudimos arena de las mochilas y miramos el carrete del móvil con cierta indiferencia, asomarse a este proyecto reconcilia de golpe con la fragilidad del recuerdo. La memoria nunca archiva postales perfectas ni composiciones milimétricas, guarda sedimentos de ruidos lejanos, destellos y sensaciones que se pisan unas a otras sin pedir permiso. Magherini convierte la soledad de caminar perdido por una gran ciudad en una materia densa y honesta, porque para rozar la verdad de un viaje conviene aparcar la nitidez de catálogo y dejar que las vivencias colisionen entre sí.
Aunque luego vuelvas a la oficina y solo aciertes a resumirlo diciendo que la comida estuvo bien.



















Deja un comentario