Cuesta sacarse de la cabeza la quietud de aquel Pacífico en tonos pastel en el que Hélène Havard detuvo el tiempo, pero la fotógrafa francesa ha decidido que no solo vas (o vamos) a flotar en agua tibia. La vida es más. Mucho más. Por eso, te invita a cambia las lagunas turquesas por el asfalto que derrite la suela de los zapatos, y las palmeras por una hilera de moteles desvencijados que piden a gritos un buen derribo. Puede que no te parezca un escenario tan atractivo, pero sigue conservando su (inconfundible) esencia. Y, en ella, te descubrirás viajando a otro mundo. Porque en series como Bitter Orange o End of the Road, Hélène Havard define una mirada muy particular a su versión del oeste americano Lo hace aterrizando en Nevada y California para meterle mano a ese territorio mítico que tú y yo creemos conocer al dedillo aunque jamás hayamos cruzado el charco (bendito cine). Esta vez nadie vendrá a venderte una postal heroica de la Ruta 66, más bien lo contrario.
Porque, en lugar de recrearse en la bella sordidez de la chatarra, Havard cubre cada coche abandonado y cada surtidor roto con una pátina de polvo anaranjado que borra cualquier referencia temporal. Miras un capó oxidado o un neón tuerto y te resulta imposible adivinar si esa furgoneta se paró ayer por la tarde o si se quedó tirada en el verano del 69 mientras sonaba la radio del coche. Ahí reside la fantasía de su encuadre, en mezclar la memoria cinematográfica que Hollywood nos metió con embudo desde niños con el peso aplastante de un paisaje que no le debe nada a nadie. La misma mente creativa que te convencía de que en Tahití el reloj no existía, ahora te sienta en el arcén a escuchar el crujido del metal recalentado bajo el sol para recordarte que la libertad sobre ruedas también puede ser un puñado de tornillos devorados por el salitre del desierto.
Yo siento que, de alguna forma, asomarse a estos desguaces solitarios en estos últimos días de verano sienta francamente bien. Havard tiene la habilidad envidiable de encontrar una elegancia rota en los trastos que el progreso dejó tirados a un lado de la calzada, demostrando que la belleza rara vez vive en los catálogos de viajes impecables. Por eso, me quedo con ese silencio denso y sin adornos, o con esa calma oxidada que te invita a mirar el arcén antes que el destino final. Y ya dejaré para la semana que viene el choque con la otra realidad.
No hay prisa. Harvard lo sabe bien…





















Imágenes: Hélène Havard

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