La tercera vez ya no puedo fingir que es casualidad. En agosto, Hélène Havard dejó en phusions un Pacífico pastel en el que el tiempo parecía haberse tomado la tarde libre. Apenas unas semanas después cambió el agua tibia por el polvo de carreteras americanas que habían perdido buena parte del mito que el cine depositó sobre ellas. Ahora vuelve con Manufactured Dream y empieza a quedar bastante claro qué me tiene enganchado a su mirada. Esta vez, Havard fotografía lugares construidos expresamente para hacernos felices justo cuando han dejado de intentarlo. Te hablo de esos parques de atracciones que en agosto están llenos de ruido y que, unas semanas después, parecen haber olvidado para qué fueron construidos. De arquitecturas que siguen conservando colores imposibles aunque ya no quede nadie delante disfrutándolos. Todo el decorado permanece en su sitio, pero la promesa se ha ido a casa. Y sin ella, ese mundo diseñado para fabricar diversión empieza a parecer bastante más humano.
Empiezo a pensar que Havard fotografía menos los destinos que ese momento en que dejan de representar el papel que esperábamos de ellos. Ella misma ha contado que rara vez llega a un lugar con una serie cerrada en la cabeza. Primero observa. El título aparece mucho después, cuando descubre qué sensación ha ido conectando las fotografías entre sí. Esa forma de trabajar explica bastante bien por qué sus proyectos terminan hablándose sin haberlo planeado. En Pacifica estaba la distancia entre la California imaginada y la que encontró delante de la cámara. End of the Road miraba los restos de otro sueño americano con bastante cuidado de no quedarse atrapada en la nostalgia fácil. Manufactured Dream empuja esa curiosidad un poco más lejos porque, aquí, el artificio todavía funciona, al menos visualmente. Un puesto cerrado sigue siendo rosa. Una atracción vacía mantiene intacta su arquitectura alegre. La felicidad está diseñada en cada centímetro y, sin embargo, no aparece por ningún lado. Havard espera. Y fotografía precisamente ese desfase.
Quizá Manufactured Dream explique también por qué esta Hélène sigue apareciendo por aquí (y me da que no será la última vez). Su fotografía repite una obsesión sin repetir la misma toma; le interesan los lugares cuando algo se ha desplazado dentro de ellos, cuando la postal sigue existiendo pero ya no consigue imponerse sobre lo que tiene delante. Y eso resulta especialmente bonito en espacios que alguien diseñó calculando la felicidad casi por metros cuadrados. Basta que llegue la lluvia y bajen una persiana para que toda esa ingeniería emocional pierda el guion, pero Havard no parece reírse de ella ni convertirla en ruina. Se queda mirando porque «una fotografía conserva menos la realidad que una manera de verla».
Sí, empiezo a sospechar que no sigo volviendo a Hélène Havard por sus colores pastel. Vuelvo por todo lo que consigue que falte dentro de ellos.















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