Píxeles. Todas las carrocerías aparecen cubiertas de píxeles hasta volverse irreconocibles. No sabes qué coches estás mirando pero esta vez, curiosamente, no te importa demasiado. Åsa Haglund, responsable del centro de seguridad de Volvo, los rodea con la tranquilidad de quien conoce perfectamente lo que va a encontrar dentro y empieza a señalar detalles en los que ya ni te fijas. Por ejemplo (no es banal), ese cinturón que te abrochas por pura memoria muscular o los avisadores que vigilan lo que desaparece por el retrovisor. So sistemas tan asimilados a nuestra forma de conducir que cuesta recordar que alguna vez fueron una novedad absoluta y The Non-Volvo Walkaround juega precisamente con eso. Oculta los logotipos ajenos para enseñarte todas las veces que la marca sueca terminó colándose dentro de sus rivales. Una travesura elegante en la que, cuanto menos reconocible es el coche, más fácil resulta reconocer a Volvo.
Y es que los suecos (de origen, ya me entiendes) pueden permitirse la broma porque en 1959 tomaron una decisión insólita para una industria que vive de blindar ventajas competitivas. Compartió la suya. Igual no sabías esto, pero Nils Bohlin (sí, un ingeniero sueco de Volvo) desarrolló el cinturón moderno de tres puntos y la compañía, en una decisión sin precedentes, dejó disponible su patente para que otros fabricantes pudieran utilizarlo. Y ojo, porque esa generosidad ha tenido un impacto brutal en la historia de la humanidad, ya que hoy la propia Volvo la relaciona con más de un millón de vidas salvadas. Después llegaron otras ideas brillantes, como las sillas infantiles a contramarcha o, mucho más tarde, otros sistemas de seguridad activa que no sólo protegen a los que viajan dentro, también a los de fuera. Algunas de esas ideas se extendieron tanto que la marca perdió la exclusiva comercial, pero a cambio se quedó con el relato. Y ese resulta bastante más difícil de copiar en un túnel de viento.
Hace un par de años Volvo me ganó por el extremo contrario. Aquella fabulosa (y emotiva) campaña del EX90 que compartí contigo en phusions (y en mis clases en la universidad) imaginaba todo lo que podía seguir ocurriendo, o no, tras un accidente que nunca llegaba a suceder. Puro storytelling para conseguir que un puñado de radares no parecieran una lista fría de sensores, sino una promesa de futuro. Ahora necesitan mucho menos. Unos cuantos coches pixelados y la suficiente seguridad en su propia historia como para borrarse del plano. Son dos piezas en las antípodas formales (agree), pero ambas entienden que la tecnología empieza a importar de verdad cuando deja de hablar de prestaciones y empieza a hablar de lo que permite conservar.
En 2024 era una vida entera por delante.
Esta vez son soluciones que circulan contigo cada día gracias a ellos (y puede que ni te hubieras dado cuenta).







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