Lo de que Sonic no sepa nadar sigue teniendo su gracia, salvo cuando te toca buscar una burbuja de aire a toda prisa. Es curioso, puedes aceptar que un erizo azul corra a la velocidad del sonido y, aun así, acabar desesperándote porque no consigue salir del agua. Como si una cosa y la otra fueran incompatibles. Pero es la magia de los 16 bits, y un detalle que también forma parte de lo que recuerdas de él. Por eso, SEGA ha decidido conservarlo en un lugar bastante inesperado (y juguetón). Para celebrar su 35 aniversario, se ha aliado con el colectivo japonés LOM BABY y ha creado una figura de Sonic con ADN sintético inspirado en el personaje (ahora te lo explico). Entre las características que han tomado como referencia está su torpeza acuática, un detalle que, puestos a llevarlo al laboratorio, resulta un guiño para los que (como tú y como yo) crecimos con él. Los dos sabemos que Sonic tenía sus cosas, no era perfecto, y quizás por eso siempre fue nuestro erizo preferido.
La idea tiene cierto aire a lo que podría ser el argumento de un videojuego. LOM BABY parte de los rasgos del personaje para diseñar y sintetizar ADN, que después guarda dentro de una Esmeralda del Caos en el pecho de la figura. La molécula existe, aunque su relación con la velocidad de Sonic sea una interpretación artística, pero (no te flipes), de esa cápsula no va a salir un erizo dando vueltas por el salón, por mucho que la presentación permita fantasear un rato con ello. Lo que el colectivo japonés ha hecho, y ya tienen historial en estas rarezas (crearon la réplica molecular del Virus T de Resident Evil, casi nada), es traducir la actitud chulesca, la aceleración y la inquina al agua salada en una secuencia de información genética. Han convertido la pura nostalgia de los noventa en un experimento de bio-arte, fusionando la mitología del píxel con la biología de laboratorio de una forma salvajemente literal. Una maravillosa locura…
El peaje por llevarse este pedazo de extravagancia cromada a casa ronda los diecinueve mil euros (unos 3,3 millones de yenes). Fabricada bajo estricto encargo y expuesta en su versión a tamaño real en los pasillos de Shibuya PARCO, la estatua confirma que el mercado del coleccionismo ha cruzado la línea del juguete para adentrarse en el capricho conceptual. Pagar una fortuna por una figura de veinticinco centímetros ya no va de acumular plástico en una estantería, sino de poseer el código fuente invisible de un mito. Queda claro que la cultura pop ha madurado de una forma curiosa. Empezamos soplando cartuchos en el sofá y hemos acabado comprando genomas artificiales a precio de galería de arte.







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