Yo me lo he vuelto a instalar. Puede que suene a claudicación melancólica frente a la dictadura de Chrome o a un arrebato vintage sin demasiado recorrido, pero algo se ha roto en nuestra relación (en la mía, como mínimo) con los navegadores convencionales. Nos prometieron una autopista de información limpia y nos han dejado atrapados en un centro comercial vigilado por cámaras, saturado de rastreadores y con la memoria del ordenador pidiendo auxilio a gritos. Por eso, el despliegue nostálgico de la campaña Come back to Firefox funciona como un recordatorio punzante de que hubo un tiempo (bastante más libre y caótico, las cosas como son) en el que abrir una pestaña no implicaba firmar un contrato leonino con una multinacional publicitaria… ¿lo recuerdas?
La agencia We Believers y el colectivo de dirección Sunny Sixteen han entendido que para convencer a los desertores (guilty) no sirven las métricas frías ni los discursos éticos que nadie lee en los términos de servicio. Es necesario ir más allá, hay que apelar a la memoria muscular de la red. Sentar de nuevo al Numa Numa Guy en su habitación, volver a enfundar a Bad Luck Brian en su chaleco escocés, resucitar la mirada desquiciada de la Overly Attached Girlfriend o poner a cantar a Tay Zonday (con su voz cavernosa) en decorados reconstruidos al milímetro es pura ingeniería de la nostalgia. Cada icono encarna una frustración digital contemporánea (el spam, las cookies invasivas, el rastreo asfixiante) desde la más absoluta autoparodia. Es un muy refrescante, lo tengo que admitir, ejercicio de artesanía pop filmada con un mimo arqueológico capaz de demostrar, por cierto, que aquellos personajes ya legendarios construyeron la personalidad de una (añorada) web que todavía no se tomaba tan en serio a sí misma. Yo no puedo dejar de sonreír cada vez que le doy al play,
La lectura comercial de este movimiento (déjame que le ponga un punto de deformación profesional) esquiva la trampa de la rendición para apuntar directamente al hartazgo del usuario. Mozilla sabe de sobra que no puede competir en músculo financiero contra los gigantes tecnológicos que instalan sus propios motores por defecto en cada smartphone y portátil del mercado. Su única carta ganadora es el desencanto colectivo hacia una red que ha perdido la gracia a cambio de exprimir cada céntimo de rentabilidad publicitaria. Y no, rescatar a la vieja guardia de YouTube no va a solucionar milagrosamente su cuota de mercado, pero consigue algo mucho más valioso en este negocio, recordarte que antes decidías tú a qué puerta llamar.
Ya veremos cuánto dura el idilio antes de que eches de menos tus extensiones habituales, de momento la sacudida de la campaña te va a dejar pensando en aquellos primeros años jugando con Internet durante un buen rato.
Y como bonus track…

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