Nadie recuerda un viaje como si fuera una película de dos horas en alta definición. La memoria de las vacaciones funciona más bien a base de retales sueltos, el crujido de la grava bajo las ruedas de la bicicleta, una mancha de café en la mesa de la cocina, el ruido del viento colándose por el micrófono del teléfono o una silueta recortada contra el cielo azul de verano. Desde su estudio en Sheffield, Rich Wells junta todos esos pedazos dispersos para dar forma a sus collages multimedia en movimiento. Son cápsulas animadas de apenas diez segundos en las que mezcla fotografía, vídeo callejero, trazos de dibujo y pequeñas pistas de audio en un bucle hipnótico que captura la atmósfera de un lugar sin necesidad de alardes tecnológicos.
Y es que el proceso tiene esa mezcla de cacharreo digital e ingenuidad analógica que te desarma por completo. A Wells le gusta verse como un fotógrafo decimonónico cargando con pesadas placas de exposición lenta, aunque la realidad sea casi siempre él mismo grabando el asfalto con el móvil mientras pedalea por carreteras secundarias del Reino Unido. Luego llega el trabajo minucioso de tijera digital, recortando formas a mano, superponiendo texturas, añadiendo sonidos cotidianos y sincronizando el conjunto para que gire sin principio ni desenlace. El resultado no busca vender un destino turístico perfecto ni competir con las postales de agencia, sino construir una colección de pequeños mundos circulares en los que el tiempo parece quedar atrapado en una repetición deliciosa.
En estos días perezosos de finales de agosto, cuando el regreso a la rutina aparece (implacable) por el retrovisor, asomarse a estas piezas funciona como un ejercicio de atención casi terapéutico. Wells solo pretende recordarse a sí mismo la importancia de levantar la vista del suelo y fijarse en los detalles aparentemente insignificantes que nos rodean, desde la sombra de un árbol hasta el patrón de una baldosa gastada. Una invitación fresca y ligera a redescubrir el paisaje cotidiano con la curiosidad de quien sabe que los mejores recuerdos nunca caben en una foto fija, sino en el ritmo imperfecto de las cosas que dejamos pasar de largo.

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