Tú y yo sabemos perfectamente que en algún rincón de tu casa, seguramente aplastada en un (por decirlo así, guiño guiño) pliegue imposible debajo del fregadero o en el maletero del coche, descansa esa bolsa de plástico azul chillón que te costó un euro la última vez que visitaste IKEA. Y, sí, te la compraste para arrastrar un par de estanterías desmontadas pero te ha acabado sirviendo para transportar los juguetes de tu hijo cuando te vas de vacaciones, asumiendo con una sorprendente familiaridad su tacto rugoso y ese crujido estandaloso que suelta cada vez que la rozas. Pues bien, la FRAKTA todavía te sorprender. Porque para conmemorar sus treinta años en Italia la compañía sueca ha decidido aparcar las instrucciones de montaje y fijarse en los usos reales de la bolsa. Belli Organizzati, creado por Ogilvy, ha puesto al fotógrafo Salvatore Matarazzo en las casas de la gente para documentar cómo ese saco de polipropileno se ha convertido en el comodín absoluto de la vida doméstica sin que nadie se haya dado cuenta. Nadie. Tampoco tú o yo…
La mirada de Matarazzo huye de la frialdad aséptica de los catálogos de muebles para acercarse al lenguaje vivo de la fotografía callejera, con colores densos y una luz intensa y muy contrastada que trata cada escena como un retrato editorial. Por eso, en sus fotos no hay rastro de atrezo artificial si no una pila de vinilos caros acomodada en el plástico rugoso como si fuera su estuche natural, o la misma bolsa improvisando un jarrón inesperado en el que las flores desbordan las costuras azules. La ironía visual funciona sola porque sitúa un objeto tosco de un euro en el corazón de la estancia, demostrando que ningún mueble impecable compite en honestidad con un saco que no le tiene miedo al desgaste ni a las manchas.
Ikea ha vuelto a desafiar la tiranía de otras empresas que pretenden decirte cómo organizar tu intimidad a base de cajas idénticas y muebles neutros y, la verdad, me parece un golpe brillante celebrar la anarquía de la calle. Si ya vimos a IKEA Suecia meter la cámara en el fondo de la bolsa para mirar el mundo a través de sus asas sin enseñar lo que había dentro, aquí la jugada es la contraria, meterse de lleno en el salón para celebrar lo que de verdad guardamos en ella. Al hacerlo asume con mucha cintura que su producto más reconocible dejó de pertenecerles hace décadas, pasando a manos de gente como tú y yo, que jugamos una y otra vez a reinventar sus funciones en función de nuestras necesidades. Ahora que septiembre aprieta para que vuelvas a ordenar armarios y a guardar el desmadre del verano, estas fotografías te arrancarán una sonrisa cómplice. Te recuerdan que una casa real es un un lugar que mezcla pasiones, secretos, desorden y bolsas azules en las que guardas, literalmente, lo que más te importa.








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