El nuevo logo de Apple Music ha pasado por un baño de aceite antes de llegar a tu pantalla. Puede sonar a un rodeo considerable para renovar una identidad visual (o a una exageración para captar tu atención, que un poco también, lo reconozco), pero la idea encaja bastante cuando ves quién mueve el líquido y por qué. Te lo explico. Una composición original de Fred again.. y NEST Acoustics se convierte en vibraciones mediante un transductor, que transmite esas frecuencias a una fina capa de aceite mineral. La superficie ondula y altera las formas que la cámara registra a través de ella. Está claro, ¿verdad? Pues de ese experimento (si se puede definir así) sale la materia visual de Made by Sound, el trabajo desarrollado con TBWA\Media Arts Lab para darle otra presencia a la plataforma. Han logrado (y no es poco) que la música intervenga de forma muy activa en cómo se comporta la marca, con sus notas empujando físicamente el material del que nace la animación. Para un servicio que vive de lo que escuchas, la decisión está bastante mejor afinada que otro discurso random sobre la pasión por los artistas.
Por supuesto, desde un punto de vista de branding la nota musical sigue siendo reconocible, aunque ahora parezca incapaz de quedarse quieta, mientras el nombre gana peso con unas minúsculas más contundentes. Pero lo que vuelve interesante la presentación es poder asomarte al experimento que hay detrás. Apple convierte la fabricación de su identidad en una historia que merece ser vista por sí misma, algo que ya se hacía evidente en la escultura de vidrio de Apple TV. Allí la luz atravesaba un objeto construido para la cámara, aquí el sonido provoca el movimiento que después acabará en pantalla. Optical Arts produce la pieza, dirigida por Joe Jackson, y el parentesco entre ambos proyectos se entiende sin necesidad de repetir la receta. El cuidado artesanal funciona también como argumento comercial, claro. Conocer el trabajo que exige un destello puede hacer que unos segundos de marca parezcan bastante más valiosos.
El Apple Music Hall de Londres ya apuntaba hacia esa necesidad de darle un lugar físico a la plataforma. El auditorio permite capturar conciertos para que terminen sonando en tus auriculares; este pequeño laboratorio hace un trayecto parecido con la identidad que los acompaña. El servicio digital se rodea de cosas que puedes imaginar ocurriendo delante de ti, desde un músico sobre un escenario hasta una superficie que vibra con una nota. Esa procedencia ayuda a contar qué quiere representar Apple Music cuando el catálogo, por sí solo, resulta difícil de convertir en una diferencia visible. No hace falta atribuirle al aceite ninguna virtud musical, ni fingir que un logo mejora una canción. Basta con reconocer la precisión de la jugada. Apple consigue que te detengas a mirar lo que normalmente pasaría mientras esperas a que empiece otra cosa.
Esta vez, la música ya había empezado…





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