Cada mes de noviembre se repite el mismo ritual en UK (y en media industria publicitaria), sentarse a esperar con qué nos van a sorprender los grandes almacenes John Lewis para inaugurar oficialmente la campaña navideña. Déjame hacerte antes una aclaración (para que no te preocupes), no pienso publicar todos los anuncios festivos que me cruce de aquí a diciembre, solo aquellos que me (re)muevan, para bien o para mal. Por eso quería estrenar la temporada igual que hice el año pasado, recordando aquella joya de Saatchi & Saatchi, Where Love Lives, que, casi sin usar palabras, te provocaba un nudo en la garganta. Pero las sensaciones que me despierta su nuevo anuncio navideño van por un camino un poco (o un mucho) distinto.
La intención de Gloria and Pickles, que la misma agencia ha confiado esta vez a la directora Lucy Forbes, parte de una duda muy real, ese miedo a equivocarte con el regalo que te empuja a salir del paso metiendo unos billetes en un sobre. Para combatir esa pereza emocional, la pieza pone a una inmensa Kristin Scott Thomas a transformar su despacho cerrado con llave en una pista de baile secreta para sus dos nietos, animada por un juguete de madera de su infancia (con la voz de Paul Whitehouse) y arropada por Sam Fender versionando a los Stones. Sobre el papel del estudio, sustituir el efectivo por un refugio lleno de bolas de espejo pensado para disfrutar juntos suena a jugada redonda, pero el guion comete el error de construir esa redención sobre la frialdad previa de dos niños que ni siquiera miran a su abuela al entrar por la puerta.
Y ahí es donde el cuento se rompe y asoma la lectura incómoda que ha puesto a medio país de uñas (con personajes como Piers Morgan pidiendo poco menos que el boicot). Porque si para lograr que los pequeños de la casa abandonen su indiferencia y te den por fin un abrazo tienes que recorrer Londres en un supersónico tuk-tuk iluminado y tirar de tarjeta de crédito montando una discoteca privada, el mensaje que flota en el ambiente no es que la compañía valga más que los billetes, sino que el cariño familiar exige un presupuesto de producción altísimo. Es una verdad dolorosa, pero cuando pasas de conmover al mundo entero con un simple silencio a necesitar perros parlantes y luces de neón para empujar al espectador hacia el mostrador, descubres la delgada línea que separa una verdad humana de un catálogo con banda sonora…






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