La luz no solo ilumina. La luz, revela. Vidas. Secretos. Ilusiones. Sueños. Pero además, cuando se tiñe de color, la luz puede transformar cualquier instante en algo profundamente extraordinario. Eso es lo que pasa con las imágenes premiadas en el 2025 Color Photography Contest, organizado por los 1839 Awards. Más que una celebración de la técnica, este certamen es un homenaje visual a la diversidad emocional del mundo. Y vaya si emociona. Y vaya si homenajea…
Déjame decirte que existen lugares que no conoces, pero que empiezas a echar de menos cuando los ves a través de la mirada de los grandes fotógrafos. Te hablo, por ejemplo, de los rincones cálidos de Marruecos que Nicola Fioravanti convierte en una especie de diario cromático en Morocco: Sentimental Atlas, la serie que le ha valido el primer premio profesional. O la perfecta coreografía estática de The Dance of Gods, la obra de Jatenipat Ketpradit que parece capturar la esencia de lo sagrado. No me olvido de la fascinante mirada resiliente —casi imposible de sostener— del Unbroken Spirit de Abdelrahman Alkahlout, un rezo visual entre los escombros. Casi una postal de un presente que habla más de distopía de lo que queremos reconocer. Son imágenes que te atraviesan sin avisar.



No es solo color. Es presencia. Es gesto. Es relato…
Pero lo más bonito de este certamen, es que te recuerda que el talento no se mide por las luces del currículum, si no por el talento con el disparador. En la categoría no profesional, Diana Cheren Nygren te dejará sin aliento con su Mother Earth, una serie entre la ficción y la utopía donde la naturaleza convive con lo humano en paisajes que parecen de otro tiempo (o del próximo). Junto a ella, Xuejun Long y Trina O’Hara demuestran que, a veces, todo lo que necesitas es una intuición afilada. Y una historia que contar.



El concurso ha reunido 14 categorías, y todas —sin excepción— están llenas de pequeñas joyas. Doha, de Svetlana Fadeeva, convierte la arquitectura en un juego de volúmenes emocionales. Pink Donut, de William Mark Sommer, da lecciones de fotografía analógica con una estética que no puedes olvidar. Y Dancing In The Moonlight, de Carla Rhodes, es casi una canción congelada en forma de fauna y luz. Como un poema animal.



Porque, al final, esto va de mirar distinto. De entender que el color no es un adorno, sino un lenguaje. Que lo importante no es qué ves, sino cómo lo haces. Y, sobre todo, qué sientes mientras lo haces. Las imágenes premiadas en este 2025 Color Photography Contest son eso: ventanas a otras realidades, otras sensibilidades, otros mundos. Y lo mejor de todo es que, aunque no sean tuyos, te los crees. Los reconoces.
Porque hay fotografías que no se miran. Se recuerdan.




Deja un comentario