Existe una química (que no física) invisible que se activa en el cerebro justo en ese instante en que reconoces el primer acorde de una canción. No es magia, es pura biología emocional, una descarga de dopamina, un escalofrío en la nuca, un viaje en el tiempo sin moverse del sitio. La música altera nuestros estados de ánimo con la precisión de un fármaco, y bajo esa premisa, el artista multidisciplinar David Schwartz se ha propuesto – que no es poco – materializar lo intangible. Darle forma física a la música. Que ya no sólo se escuche, que se recete, se encapsule y se convierta en un objeto de deseo casi prohibido.
¿Más? Voy. Con el título de Music as Medication, Schwartz te propone un juego visual absolutamente fascinante. Casi nostálgico. Si alguna vez sentiste que un disco de Nirvana o de Bon Jovi te salvó la vida, Schwartz te da la razón física. El artista, que lleva el ritmo en su ADN creativo tras haber sido mentorizado por Prince en Paisley Park, ha dejado atrás la pantalla digital para mancharse las manos con resina y cristal. Su obra transforma la nostalgia auditiva en píldoras gigantes, tótems brillantes que te recuerdan que, a menudo, la única terapia efectiva entra por los oídos.
El peso físico de la memoria
Esta colección es la evolución natural, y mucho más íntima, de su universo Rhyme Capsule. Pero esos homenajes literales en forma de radiocasetes, le ceden el protagonismo a una nueva abstracción poética. Schwartz toma álbumes que son patrimonio emocional colectivo, cubiertas que van desde la suavidad desgarradora de Sade hasta la revolución rítmica de De La Soul, y los suspende en el tiempo dentro de sus cápsulas de resina impoluta. El resultado es tan apabullante (en lo visual) como contradictorio, convierte el sonido, que es aire y vibración, en algo pesado, sólido, eterno.
Además, la metáfora de la «medicación» es brillante en su ejecución. Al dar a estas obras la forma de píldoras sobredimensionadas, con acabados que rozan la perfección industrial del pop art, Schwartz valida nuestra dependencia de la música. Te dice que está bien necesitar esa dosis diaria de belleza para funcionar. Y es que cada escultura actúa como un contenedor hermético de recuerdos, al mirarlas, no vemos solo un objeto decorativo, vemos la banda sonora de nuestro primer beso, de aquella ruptura o de ese verano que nos cambió para siempre. Es la memoria preservada en ámbar moderno.
Terapia de choque contra lo efímero
Todo ello, en una era en la que la música se ha vuelto más etérea, si cabe, invisible y desechable en el stream infinito, convirtiendo la propuesta de Schwartz en un acto de resistencia. Hay una urgencia táctil en Music as Medication. Te obliga a confrontar la importancia del objeto en nuestra relación con el arte. Sin forzarlo, o quizás todo lo contrario, Schwartz te devuelve el peso del disco, no como un formato obsoleto, sino como un ingrediente activo vital para nuestra salud mental.
Expresar que la cultura no es entretenimiento, es un mecanismo de supervivencia, ya empieza a ser algo así como una verdad universal. Las esculturas de David son brillantes, seductoras y estéticamente impecables, sí, pero su verdadero valor reside en su capacidad para hacerte algunas preguntas menos incómodas de lo que piensas, pero muy profundas. ¿Cuál es tu dosis? ¿Qué álbum te recetarías a ti mismo en un día gris? En este mundo difícil, la música sigue siendo la única droga que, en lugar de evadirnos de la realidad, nos ayuda a entenderla.
Yo, hoy, me pongo con este We Made it Loke Easy que – por alguna extraña razón – me resuena muy adentro. Píldora. Resiliencia. A veces sabes que un sueño es sólo un sueño…





















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