Hélène Havard vive en Tahití, pero los lugares que fotografía parecen pertenecer a un planeta paralelo donde el sol nunca deslumbra y el tiempo avanza a cámara lenta. Ha aprendido a domar la luz tropical de la Polinesia para apagar la estridencia habitual de las postales turísticas y bañar fachadas, carreteras desiertas y palmeras solitarias en una gama limpia de rosas lavados, turquesas empolvados y amarillos suaves. En Pacifica o The Quiet Season, la geografía del lugar deja de ser un folleto de vacaciones para convertirse en una escena cinematográfica rodada en celuloide antiguo, con los bordes ligeramente desgastados por los veranos de otra época. Sí, es puro agosto.
Porque, además, hay algo hipnótico en cómo encuadra la soledad. Tras haber vivido en Francia, Inglaterra y Canadá, Havard aprendió a mirar el paisaje con la distancia justa para encontrar poesía en moteles anónimos, pistas de tenis (oh) vacías y costas infinitas. Sus tomas aéreas y sus composiciones ordenadas tienen el aire dulce de una maqueta de azúcar, una atmósfera que coquetea con el universo estético de Wes Anderson (reverencia) pero sin caer en el artificio vacío. Sus imágenes no buscan documentar el mundo tal como es, sino construir un refugio donde la vista descanse y la memoria se invente un recuerdo compartido contigo. Y conmigo.
Ese tratamiento visual no es un capricho técnico, sino una forma muy elegante de mirar. La fotografía en tonos pastel de Hélène Havard demuestra que se puede hablar de calma, misterio y nostalgia usando tonos chicle sin que el resultado resulte infantil. En estas tardes calurosas de agosto, asomarse a sus imágenes se parece mucho a cerrar las persianas de golpe cuando el sol aprieta, es un alivio visual inmediato, fresco y silencioso que no necesita manual de instrucciones para atraparte.























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